sábado, 15 de octubre de 2011

Capítulo 2 (Parte III): Rituales

         Las dudas que antes tenía sobre el chico seguían ahí en su cabeza revoloteando, haciendo que tuviera nuevas incógnitas. Pero a pesar de ello Abigail seguía su camino con esa seguridad en sí misma que tanto la identificaba. Y con una sonrisa de curiosidad dibujada en la cara. Lo tenía todo bajo control.
         Miró la hora en el reloj de su móvil y aceleró un poco el paso. Llegaba diez minutos tarde y aún le faltaba un gran tramo de la calle para llegar a la Plaza del Rey.
         No es bueno llegar tarde, inquirió, no da una buena primera impresión. Aunque por otra parte…, analizó segundos más tarde siendo sincera con ella misma, no está mal llegar un pelín tarde. Se sorprendió soltando una risilla.
         –No pasa nada si tiene que esperar un poco–murmuró ahora en voz alta con tono despreocupado.
         –¡Di que sí, chica! –una señora mayor que paseaba a su perro estuvo de acuerdo con ella–. Nosotras nos acostamos con ellos así que si esperan un poco no se van a morir.
         La señora pegó un brusco tirón a su perro y le lanzó una mirada cómplice a Abi, quien, perpleja, aceleró aún más el paso.
         Al llegar al estanco giró a su derecha y atravesó el callejón medio en obras que se abría a la plaza. De pie, buscó entre la gente a su chico. Había multitud de terrazas de bares, una heladería, oficinas, un pequeño parque donde los niños estaban jugando…y muy apartado de la gente había un chico sentado en un banco. Abigail dudo un instante, hasta que vio cómo le daba una larga calada a un cigarrillo. Era él, no había ninguna duda.
         Al verla dejó caer el cigarro delante de su pie, lo apagó restregándolo contra el suelo, y se puso en pie. Miró una vez más a la chica y caminó con paso decidido hacia ella. Total, si no era ella ¿qué es lo peor que podía pasar? Analizó a Abi de pies a cabeza, muy sutilmente, para que ella no se percatase. No recordaba demasiado bien su rostro -de hecho no recordaba si quiera cómo había llegado a casa- pero algo le decía que era ella. Quizás su expresión de curiosidad o su propia ingenuidad. Pero estaba casi seguro de que era ella.
         Debe ser ella, intuyó
         Abigail pensó en que no lo recordaba tan alto pues el chico medía al menos una cabeza más que ella. Aunque también es verdad que en ningún momento la noche anterior se había puesto en pie al lado suya, así que no tenía nada con qué comparar.
         Agigail, titubeando, sacó el billete de su bolsillo. Lo tensó varias veces y luego lo volvió a doblar dejando a la vista el número –que ya se había asegurado de dejar grabado en el teléfono antes de devolvérselo. Al menos sacando el billete evitaron hacer un saludo forzado.
         –Ten, eso es tuyo –dijo sin dejar de mirarle a los ojos. El esbozó una gran sonrisa de satisfacción al familiarizarse con el billete. Lo agarró suavemente con la mano derecha y tanteó el número escrito con su otra mano. Siguiendo el surco en el papel con la yema de su dedo pulgar.
         Aún se notaba el relieve que hizo cuando escribió su número de teléfono con un bolígrafo de punta dura. La verdad es que desconocía el momento exacto en que lo hizo, y menos aún por qué se lo había entregado a aquella chica. Pero en su subconsciente sabía que si el billete había llegado a las manos de ella era por algo, aunque en ese momento no supiera el motivo exacto.
         –Gracias por devolverlo–agradeció sinceramente doblando el billete por la mitad– ¿Nunca te ha dicho nadie antes que no se debe quedar con desconocidos a solas por la noche? –comentó en tono burlón guardándose el billete en una cartera negra encadenada a su pantalón.
         –Sí, supongo que sí, con tres años –contraatacó esta con el mismo tono–. Pero en verdad no tenía mejores cosas que hacer que quedar con un desconocido que va regalando billetes a diestro y siniestro –arqueó una ceja–. ¿Y tú no tenías nada que hacer?
         –Pues … –dudó un segundo, luego volvió a hablar igual de rápido que antes– Sí, ahora que recuerdo a las dos y veinte tengo que ir a un sitio, pero tengo toda la noche libre –insinuó guiñándome un ojo.
         –Ten, eso es tuyo –dijo sin dejar de mirarle a los ojos. El esbozó una gran sonrisa de satisfacción al familiarizarse con el billete. Lo agarró suavemente con la mano derecha y tanteó el número escrito con su otra mano. Siguiendo el surco en el papel con la yema de su dedo pulgar.
         Aún se notaba el relieve que hizo cuando escribió su número de teléfono con un bolígrafo de punta dura. La verdad es que desconocía el momento exacto en que lo hizo, y menos aún por qué se lo había entregado a aquella chica. Pero en su subconsciente sabía que si el billete había llegado a las manos de ella era por algo, aunque en ese momento no supiera el motivo exacto.
         –Gracias por devolverlo–agradeció sinceramente doblando el billete por la mitad– ¿Nunca te ha dicho nadie antes que no se debe quedar con desconocidos a solas por la noche? –comentó en tono burlón guardándose el billete en una cartera negra encadenada a su pantalón.
         –Sí, supongo que sí, con tres años –contraatacó esta con el mismo tono–. Pero en verdad no tenía mejores cosas que hacer que quedar con un desconocido que va regalando billetes a diestro y siniestro –arqueó una ceja–. ¿Y tú no tenías nada que hacer?
         –Pues … –dudó un segundo, luego volvió a hablar igual de rápido que antes – Sí, ahora que recuerdo, a las dos y veinte tengo que ir a un sitio, pero tengo toda la noche libre –insinuó guiñándome un ojo.
         Abi no aguantó a soltar una pequeña carcajada y bajar la mirada hacia el suelo.
         –Bueno, vamos al cañas a tomarnos algo –continuó el chico hurgando de nuevo en su bolsillo izquierdo. Se escuchó el sonido de la pollera de su cartera–, que te invito con esto –afirmó asomando el billete marcado .
         Abigail ya se había dado la vuelta para caminar hacia el callejón que conducía hacia el bar cuando cayó a cuenta de algo importante: ¿cuál era el nombre del chico? Recordó entonces con disimulo que en la agenda de su teléfono móvil el número de él estaba nombrado como <<chico del billete>>
         Paró en secó y giró sobre sí misma. Él la imitó, extrañado.
         –¿Cómo has dicho que te llamabas? –preguntó casi riendo.
         –¡Creía que nunca lo ibas a preguntar! –afirmó, caminando hacia ella. En una zancada ya estaba a su altura y mirándola a los ojos dijo: Ricardo, ¿y tú?
         Ella cautivada por sus profundos ojos azules, que estaban a su sola disposición, tardó en reaccionar ante la pregunta. Ricardo comenzó a impacientarse.
         –¿Qué? –dijo, seguido de una serie de pestañeos rápidos que la devolvieron a la realidad– Abigail. Pero todos me llaman Abi.
         Al ya saber su nombre para Abigail Ricardo ya no se trataba de un desconocido, o al menos no completamente. Así que si la veían sus amigos ya podría presentarlo diciendo que era un conocido o incluso un amigo si llegaban a conectar, ya que sabía que al menos su mejor amigo pondría mala cara si le decía que le acababa de conocer. Casi se imaginó su cara y la conversación que habrían tenido cuando la hubiera separado de los demás para soltarle un sermón.
         –Es la primera vez que escucho ese nombre aquí.
         –Sí, a mi madre le gustan los nombres raros –canturreó arqueando las cejas– Pero sólo pasó conmigo, mis hermanos tienen nombres comunes –afirmó estudiando el rostro enigmático de Ricardo.
         –¿Cuántos hermanos tienes?
         –Somos tres –respondió ella sin vacilar–. Tesa, Adrián y yo, que soy la mediana. A lo mejor conoces a mi hermano es …–hizo una pausa para contemplarle, para intentar descifrar su edad exacta. Pero no lo logró, nunca nadie lo conseguía –sí…más o menos de tu edad.
         –¿Cuántos años me echas? –inquirió sonriente cruzando los brazos tras su espalda.
         –Pues… unos diecisiete o dieciocho –aventuró.

Capítulo 2 (Parte II): Rituales

         Bueno, algo es algo, se tranquilizó, al menos el número existe, dijo para sus adentros cuando el móvil emitió la primera señal.
         Dos toques.
         Buuuf, ¡madre mía! ¿Qué le voy a decir?
         Cuatro toques.
         –¿Sí? –repiqueteó una voz fatigada desde el otro lado de la línea.
         Para su mala suerte, justo cuando Abigail estaba en disposición de decir palabra la voz se le atragantó en la garganta, por lo que el único sonido que fue capaz de emitir fue algo así como el que uno hace cuando se atraganta. Afortunadamente el chico lo interpretó como falta de cobertura o una mala señal por parte del teléfono.
         –Emm … Se que estás ahí oigo tu respiración. A parte de ese ruido extraño que acabo de oír –afirmó para su desgracia–. O… ¿No serás un perro, verdad? –inquirió sarcásticamente esperando que la otra persona, es decir Abigail, fuese capaz de hablarle–. Pues tu dueño debe tenerte muy bien amaestrado ¿sabes? No todos los perros son capaces de llamar por teléfono –expuso continuando con su broma.
         –No soy un perro –contestó Abi de inmediato con voz cortante– ¿Quién eres? –preguntó sin siquiera respirar. Luego se repuso expirando una fuerte bocanada de aire por la nariz.
         Esperó un par de segundos mirando por la ventana la contestación del chico. Impaciente. Nerviosa. Expectante.
         –Creo que eres la que llama, así que yo pregunto primero: ¿Quién eres? –le devolvió la pregunta riendo. Luego se levantó de la cama a regañadientes, ya que sabía que no conseguiría dormir más. Incluso le dio tiempo a ponerse una camiseta de manga corta verde pistacho antes de que ella contestara. Caminó haciendo eses hacia el cuarto de baño para mirarse en el espejo, aún con el móvil pegado a la oreja derecha.
         –Anoche me dieron un billete de cinco con este teléfono apuntado en una esquina –anunció de repente Abi atropellando unas palabras con otras–. En una esquina del billete– aclaró entrecerrando los ojos, interpretando el silencio del chico como una pausa para que él recordara.
         –¡Ah! Sí. Ya me acuerdo –musitó por fin llevándose la mano libre a la cabeza–. Eres la chica que se sentó a mi lado en el borde de la carretera para preguntarme por qué fumaba. O algo así, creo – confirmó aún dudoso bajando notablemente el tono de voz. Abrió el grifo con una mano. Con la otra pulsó el botón de manos libres y dejó el teléfono sobre una leja para echarse agua por la cara y despejarse un poco.
         –Sí, la misma – respondió conforme.
         –Pues quiero mis cinco euros de vuelta – objetó con voz seria–. En media hora en la plaza del rey – citó sin siquiera preguntar –el chico colgó la llamada pulsando la tecla con un dedo aún húmedo por el agua.
         – En media hora no me da tiempo a… –pero era una tontería seguir hablando por que el chico ya había colgado el teléfono–. Supongo que en media hora en la playa del rey ¿no Mao? – preguntó sarcásticamente a su gato negro, que en silencio se había acurrucado entre los cojines de la cama de Abigail. Mao. El gato dio un flojo maullido acompañado del tintineo del cascabel que colgaba de su peludo cuello. Su dueña lo interpretó como confirmación.
         Abigail se dejó caer en la cama, pensativa. Mao puso una patita sobre el muslo de su dueña y emitió un ronroneo seguido de frotar la cabeza contra el minúsculo pantalón de Abigail.
         –Ahora no, Mao. Tengo que vestirme.
         Con las ideas algo más claras la adolescente se dispuso a abrir su armario en busca de sus tejanos favoritos y alguna camiseta.


                                    


         El chico contempló su reflejo un poco más. Miró en lo que se había convertido en estos últimos años, se fijó en todo lo que había cambiado. Suspiró para sus adentros y se quitó la camiseta y luego los boxers. El tacto frío del suelo de la ducha le dio un pequeño escalofrío pero no le importó, ya que la idea que más le preocupaba en aquel momento era lo que podía pasar por la noche.
         El agua fría comenzó a caerle sobre la espalda como finas láminas de hielo. No le gustaba en absoluto ducharse con agua fría, pero era lo que más rápido iba a despejarle y dejarle pensar con claridad.
         Se anudó una toalla a la cintura y salió del cuarto de baño dejando la puerta abierta. Cogió el paquete de cigarrillos que más cerca tenía, el de la mesilla de noche, y se tumbó mojado sobre las sábanas de su cama. Con los ojos cerrados encendió un cigarro y dio la primera calada. Sabía a gloria pues para él era el primer cigarrillo del día. Y como hacía día tras día nada más levantarse se fumaba uno mirando la gente pasar por la ventana de su dormitorio. Aquella noche las pocas personas paseaban por aquella zona, y las que lo hacían caminaban solas, de forma melancólica, muy triste para ser un sábado.
         Recordó entonces, que aún tenía una tarea pendiente que debía hacer antes de irse. El chico se levantó de la cama y busco entre sus cajones una carpeta transparente donde guardaba los folios de colores. Sacó uno de color azul marino y guardó la carpeta en el cajón correspondiente. De pie, apoyado sobre su escritorio, comenzó a doblar el papel por la mitad, de extremo a extremo, para al final conseguir tener una pieza más en su colección.


                                   

         Cuarenta minutos más tarde Abigail caminaba a paso más bien lento por el principio de la Calle Mayor. Que fuera sábado y que sus amigos no la hubieran llamado para dar una vuelta no significaba que ella no tuviese ganas de salir, o al menos no del todo. Pero haber tenido que recurrir a un completo desconocido para tener la excusa de salir de casa le resultaba algo patético, aunque también atrevido. No obstante, la palabra adecuada para definir ese comportamiento tan imprudente se definía mejor como infantil, ingenuo. Quizás desesperado.