jueves, 1 de diciembre de 2011

Capítulo 2 (Parte V ): Rituales.

         Abi dio dos largos pasos y se paró en la losa frente al chico. Le miró a los ojos esperando una respuesta, pero como comenzaba a impacientarse le agarró del brazo.
         En el momento que su cálida mano entró en contacto con su brazo desnudo un escalofrío le recorrió la médula espinal al chico. El vello del brazo se le puso como escarpias en total de segundos, dando paso a otro fuerte escalofrío. Ricardo aguantó la combustión que impulsaba su cuerpo hacía el de la chica, tirando desde lo más profundo de su persona, agarrado a su fuerza de voluntad.
         Se mordió el labio sutilmente. Se tranquilizó, y supo como relajar la expresión del rostro para que ella no notase nada.
         –Vengaaa –le dijo tirando de su brazo. Todo había sucedido en cuestión de segundos, los que tardó Abigail en darse la vuelta y dar un juguetón tirón del brazo de Ricardo.
         –Sí, sí. No seas impaciente – le contestó riendo, con la voz algo entrecortada. Respiró hondo por la nariz y dio una gran zancada hacia ella –.Bueno, ¿y que vas a querer tomar? –preguntó pasándole el brazo por encima de los hombros, un gesto que Abi interpretó como cariñoso.
         –No sé –murmuró llevándose un dedo a la barbilla en un gesto pensativo –. Tu tienes pinta de venir aquí mucho – ¿Qué sueles tomar?
         Ricardo torció la mirada buscando el horizonte. Recordaba perfectamente el motivo por el que muchas noches se había pasado de la cuenta bebiendo y no le hizo demasiad gracia que ella se lo recordase. Pero sabía que no lo había hecho con malicia.
         –La mayoría de veces no recuerdo lo que he tomado. De hecho no recuerdo lo que tomé ayer.
         –¿Ni lo que hiciste?
         –No. Incluso antes me ha extrañado acordarme de ti cuando me has llamado, por que no se ni cómo volví a casa.
         –¿De verdad no te acuerdas? –se alarmó ella en un fingido tono de sorpresa –Entonces... ¿no te acuerdas de lo que hicimos anoche? –mintió casi haciendo un puchero.
         –¿Qué? –balbució el chico asustado.
         Ella sin poder aguantar más su mentirá se echó a reír.
         Riardó soltó un inaudible suspiro de alivio y retiró bruscamente el brazo de los hombros de ella. Le dio un suave empujoncito amistoso con el brazo mientra se unía su risas.
         –Joder que susto me has dado. ¡Esta te la guardo! –ladró pero sin perder su sonrisa.
         Ante ellos se encontraba ya el bar, abarrotado de gente, como siempre. En la puerta los fumadores disfrutaban de las últimas caladas de sus cigarrillos, ya que, como la nueva ley de fumadores decía, no se podía fumar dentro de los locales. Ni siquiera en <<zonas de fumadores>> algo que había dejado de existir totalmente a principios de este año.
         De entre todas esas personas, tanto Abigail como Ricardo, reconocieron a varias, pero ambos ya bastante ocupados tan sólo les saludaron con un golpe de cabeza y una amplia sonrisa.
         –¿No vas a fumarte uno? –preguntó Abi extrañada a Ricardo, ya que todos sus amigos fumadores insistían en fumar antes de entrar a ningún local.
         –No –le contestó con la mirada fija en el horizonte, o quizás en alguna persona –. Me he fumado uno antes de que llegaras, tampoco necesito fumar tanto en tan poco tiempo. ¿Entramos? –preguntó alegremente, pero esta vez mirándola a ella.
         –Vale – contestó ella. Subió el escalón y Ricardo sujetó la puerta para que ella pasara.
         En el interior del Cañas había mucho bullicio y prácticamente todas las mesas, sillas y taburetes estaban ocupados. Aunque aquello tampoco era un inconveniente para ellos, ya que esperar un rato hasta que alguien desocupara sitios tampoco iba a ser un suplicio.
         –¿Qué quieres tomar? –le preguntó él.
         –Eh, que tampoco hace falta que me invites, que me creía que era broma –inquirió ella cogiéndole del brazo antes de que sacara su deslumbrante cartera de cuero negra.
         –No pasa nada, quiero invitarte –contestó sinceramente sonriendo.
         –Bueno, está bien –asintió Abigail con un suspiro –. Pero la próxima ronda la pago yo –prometió guiñándole un ojo–. Pueees…una Águila, por favor –murmuró sonriente elevando un poco la voz.
         El hombre de la barra se acercó a ellos mientras secaba un vaso mojado con un paño color crema. Se giró y dejó el vaso junto a unas botellas de vodka absolut y volvió para atenderles. El hombre, de unos treinta parecía ya cansado, a pesar de ser sólo las once. Seguramente tenía sueño acumulado por trabajar en el bar, que se llenaba tanto los viernes y sábados como los mismos días de entresemana.
         –¿Qué vais a tomar? –les preguntó con voz ronca, seca y fría.
         –Dos cervezas –le contestó Ricarlo empleando el mismo tono de voz.
         –¿Shandy, Heineken o Águila?
         –Águila –contestó esta vez Abigail, terminando con el estúpido juego que iban a empezar el hombre y Ricardo. Resaltaba a simple vista que habían tenido algún que otro roce alguna noche. Como los niños pequeños cuando discuten y acaban gritándose el uno al otro <<¡que sí!>> <<¡qué no!>>.
         Como cando Adrián discute con Tesa para hacerla enfadar, se dijo Abigail desviando la mirada. Observó el local de esquina a esquina. Las estanterías llenas de libros al lado de la puerta, y la gente que reía, ya con más de una copa en el cuerpo, a la vez que leía alguno de los ellos tornando la voz grave y sonora, tal como un viejo profesor de universidad. Había un par de parejas besándose en una esquina rozando el magreo en público. Una idea que repugno a Abigail. En el otro lado unos chavales que jugaban un póker sin apuesta con más de diez vasos de chupitos vacíos sobre la mesa. Reían y gritaban, alzaban los brazos por los aires y las cartas volaban una y otra vez hasta el suelo. Eran los que mas alboroto hacían.
         El golpe seco del culo de las botellas de cerveza sobre la barra húmeda hizo sacar de su distracción a Abigeil, quien se giro para ver como el camarero miraba con cara de desprecio a Ricardo mientras este le entregaba el billete con el número de móvil. El camarero enviaba miradas sumamente cortas entre el billete y la cara del chico, desconcertado.  
         –Es para que me llames –bromeó fingiendo una expresión complacida Ricardo. Soltó el extremo del billete y el hombre se le quedo mirando con una expresión perpleja.
         –¡Anda, coge las cervezas y vete a esa mesa que no te quiero ver la cara, chaval! –gruñó el camarero. Se giró y arrastró los pies en dirección a otros clientes que esperaban en la barra también.
         –Como la lias –aseguró Abigeil sonriendo para sus adentros. Se estiró un poco y agarró las cervezas por el cuello con los dedos. Cuando se volvió Ricardo ya estaba sentado en una de esas sillas altas de plástico para ocupar la mesa.
         Abi dejó las cervezas sobre la mesa y se dispuso a trepar por la alta silla para subirse en ella.
         –Bueno, cuéntame algo de tu vida –comenzó Ricardo tras darle el primer sorbo a su cerveza. 

Capítulo 2 (Parte IV ): Rituales


         Las dudas que antes tenía sobre el chico seguían ahí en su cabeza revoloteando, haciendo que tuviera nuevas incógnitas. Pero a pesar de ello Abigail seguía su camino con esa seguridad en sí misma que tanto la identificaba. Y con una sonrisa de curiosidad dibujada en la cara. Lo tenía todo bajo control.
         Miró la hora en el reloj de su móvil y aceleró un poco el paso. Llegaba diez minutos tarde y aún le faltaba un gran tramo de la calle para llegar a la Plaza del Rey.
         No es bueno llegar tarde, inquirió, no da una buena primera impresión. Aunque por otra parte…, analizó segundos más tarde siendo sincera con ella misma, no está mal llegar un pelín tarde. Se sorprendió soltando una risilla.
         –No pasa nada si tiene que esperar un poco–murmuró ahora en voz alta con tono despreocupado.
         –¡Di que sí, chica! –una señora mayor que paseaba a su perro estuvo de acuerdo con ella–. Nosotras nos acostamos con ellos así que si esperan un poco no se van a morir.
         La señora pegó un brusco tirón a su perro y le lanzó una mirada cómplice a Abi, quien, perpleja, aceleró aún más el paso.
         Al llegar al estanco giró a su derecha y atravesó el callejón medio en obras que se abría a la plaza. De pie, buscó entre la gente a su chico. Había multitud de terrazas de bares, una heladería, oficinas, un pequeño parque donde los niños estaban jugando…y muy apartado de la gente había un chico sentado en un banco. Abigail dudo un instante, hasta que vio cómo le daba una larga calada a un cigarrillo. Era él, no había ninguna duda.
         Al verla dejó caer el cigarro delante de su pie, lo apagó restregándolo contra el suelo, y se puso en pie. Miró una vez más a la chica y caminó con paso decidido hacia ella. Total, si no era ella ¿qué es lo peor que podía pasar? Analizó a Abi de pies a cabeza, muy sutilmente, para que ella no se percatase. No recordaba demasiado bien su rostro -de hecho no recordaba si quiera cómo había llegado a casa- pero algo le decía que era ella. Quizás su expresión de curiosidad o su propia ingenuidad. Pero estaba casi seguro de que era ella.
         Debe ser ella, intuyó
         Abigail pensó en que no lo recordaba tan alto pues el chico medía al menos una cabeza más que ella. Aunque también es verdad que en ningún momento la noche anterior se había puesto en pie al lado suya, así que no tenía nada con qué comparar.
         Agigail, titubeando, sacó el billete de su bolsillo. Lo tensó varias veces y luego lo volvió a doblar dejando a la vista el número –que ya se había asegurado de dejar grabado en el teléfono antes de devolvérselo. Al menos sacando el billete evitaron hacer un saludo forzado.
         –Ten, eso es tuyo –dijo sin dejar de mirarle a los ojos. El esbozó una gran sonrisa de satisfacción al familiarizarse con el billete. Lo agarró suavemente con la mano derecha y tanteó el número escrito con su otra mano. Siguiendo el surco en el papel con la yema de su dedo pulgar.
         Aún se notaba el relieve que hizo cuando escribió su número de teléfono con un bolígrafo de punta dura. La verdad es que desconocía el momento exacto en que lo hizo, y menos aún por qué se lo había entregado a aquella chica. Pero en su subconsciente sabía que si el billete había llegado a las manos de ella era por algo, aunque en ese momento no supiera el motivo exacto.
         –Gracias por devolverlo–agradeció sinceramente doblando el billete por la mitad– ¿Nunca te ha dicho nadie antes que no se debe quedar con desconocidos a solas por la noche? –comentó en tono burlón guardándose el billete en una cartera negra encadenada a su pantalón.
         –Sí, supongo que sí, con tres años –contraatacó esta con el mismo tono–. Pero en verdad no tenía mejores cosas que hacer que quedar con un desconocido que va regalando billetes a diestro y siniestro –arqueó una ceja–. ¿Y tú no tenías nada que hacer?
         –Pues … –dudó un segundo, luego volvió a hablar igual de rápido que antes– Sí, ahora que recuerdo a las dos y veinte tengo que ir a un sitio, pero tengo toda la noche libre –insinuó guiñándome un ojo.
         Abi no aguantó a soltar una pequeña carcajada y bajar la mirada hacia el suelo.
         –Bueno, vamos al cañas a tomarnos algo –continuó el chico hurgando de nuevo en su bolsillo izquierdo. Se escuchó el sonido de la pollera de su cartera–, que te invito con esto –afirmó asomando el billete marcado .
         Abigail ya se había dado la vuelta para caminar hacia el callejón que conducía hacia el bar cuando cayó a cuenta de algo importante: ¿cuál era el nombre del chico? Recordó entonces con disimulo que en la agenda de su teléfono móvil el número de él estaba nombrado como <<chico del billete>>
         Paró en secó y giró sobre sí misma. Él la imitó, extrañado.
         –¿Cómo has dicho que te llamabas? –preguntó casi riendo.
         –¡Creía que nunca lo ibas a preguntar! –afirmó, caminando hacia ella. En una zancada ya estaba a su altura y mirándola a los ojos dijo: Ricardo, ¿y tú?
         Ella cautivada por sus profundos ojos azules, que estaban a su sola disposición, tardó en reaccionar ante la pregunta. Ricardo comenzó a impacientarse.
         –¿Qué? –dijo, seguido de una serie de pestañeos rápidos que la devolvieron a la realidad– Abigail. Pero todos me llaman Abi.
         Al ya saber su nombre para Abigail Ricardo ya no se trataba de un desconocido, o al menos no completamente. Así que si la veían sus amigos ya podría presentarlo diciendo que era un conocido o incluso un amigo si llegaban a conectar, ya que sabía que al menos su mejor amigo pondría mala cara si le decía que le acababa de conocer. Casi se imaginó su cara y la conversación que habrían tenido cuando la hubiera separado de los demás para soltarle un sermón.
         –Es la primera vez que escucho ese nombre aquí.
         –Sí, a mi madre le gustan los nombres raros –canturreó arqueando las cejas– Pero sólo pasó conmigo, mis hermanos tienen nombres comunes –afirmó estudiando el rostro enigmático de Ricardo.
         –¿Cuántos hermanos tienes?
         –Somos tres –respondió ella sin vacilar–. Tesa, Adrián y yo, que soy la mediana. A lo mejor conoces a mi hermano es …–hizo una pausa para contemplarle, para intentar descifrar su edad exacta. Pero no lo logró, nunca nadie lo conseguía –sí…más o menos de tu edad.
         –¿Cuántos años me echas? –inquirió sonriente cruzando los brazos tras su espalda.
         –Pues… unos diecisiete o dieciocho –aventuró.
         –¡Casi! Si es que me conservo tan bien… –bromeó estirándose las mejillas con las palmas de las manos– Diecinueve –mintió certeramente, pues Abigail confió totalmente en su afirmación. Ricardo le sonrió a sabiendas de que en realidad tenía veintidós. Nunca jamás nadie lo había sabido, excepto su familia, claro está–. ¿Y tú?
         –¿Yo? –volvió a preguntar señalándose a sí misma con el dedo índice– Algún día te lo diré.
         –No, de eso nada –jugueteó como un niño–. Yo diría que tienes dieciséis –Abigail parpadeó. Luego hizo un mohín para no reírse –. ¿Diecisiete? –Ricardo examinó el rostro y los gesto de Abi, buscando algo que delatara si esa era su edad o era mayor. Ella, sin percatarse de la jugada de él, esbozó una pequeña sonrisilla torcida–. Sí –se respondió a si mismo complacido por el éxito de su <<estudio>>–, tienes diecisiete.
         Abigail torció el gesto, complacida. Al menos ya había averiguado algo más de él que su nombre; era más listo de lo que parecía a simple vista. Algo que, sin saber muy bien por qué, le recordó a su hermano Adrián. ¿Dónde estaría en ese mismo momento?
         –Bueno – Abigail retomó el rumbo de sus pasos hacia el bar–, vámonos al Cañas, sigo esperando esa invitación –afirmó guiñándole un ojo. Algo que Ricardo, con sorpresa, interpretó de diferente manera, lo que hizo que se quedase anclado en tierra, asombrado, pero a la ver divertido.