domingo, 21 de agosto de 2011

Capítulo 1 (Parte III ): El mundo exterior.

Puede que sea divertido, se dijo a si misma, esas anécdotas son las que luego cuentas.
         El chico dio otra calada a su cigarrillo como si nada.
         –Muy buen suicidio caro y consentido –murmuró casi de forma involuntaria refiriéndose al tabaco.
         Abi se mordió la lengua esperando una contestación por parte del chico. Él giró lentamente la cabeza para mirarla, pero sin dejar de apoyarla en la columna. Arqueó las cejas, con una sonrisilla de asombro, lo que a Abigail se le antojó una expresión algo forzada. Parecía algo asustado.
         –Es un mal vicio, lo admito – se encogió de hombros. Y le acercó el cigarro a Abigail, invitándola a una calada. Ella titubeó unos segundos pero luego la aceptó, ya que cuatro de sus amigos fumaban y alguna que otra vez ella también lo había hecho.
         –Yo no fumo, pero gracias por la calada –Abi hizo el esfuerzo por no carraspear cuando el humo bajo por su garganta. Le devolvió el cigarrillo al chico como si nada.
         –Pues acabas de hacerlo, si mis ojos no me engañan –afirmó cogiendo el cigarro de su mano.
         Ante eso ella no dijo nada de nada. Sólo permaneció callada esperando que el joven hablara.
         –¿Y que te ha dado para que te sientes con un desconocido en el suelo? Si puedo preguntarlo.
         –No lo se. Supongo que me ha llamado la atención. Así que dime, ¿fumas en la carretera esperando que un coche te deje sin piernas, o acaso se te han caído las llaves por la alcantarilla?
         Su mirada se paseó por la acera hasta dar con una boca de alcantarilla a unos centímetros de su pierna. Luego comenzó a reírse. Abi comenzó sentirse algo incómoda con los ojos azules del chico, puestos fijamente en ella.
         –Soy demasiado joven para morirme por el tabaco y demasiado fuerte como para que un coche me arranque las piernas –contestó cortante, pero con un ápice de sarcasmo–, si es eso a lo que te referías con tu pregunta– añadió sin dejar de analizarla. Clavó la uña de dedo corazón en la boquilla del cigarro y se lo llevó de nuevo a la boca–. ¿No deberías preocuparte un poco más por tu vida y menos por la existencia de los desconocidos? –me susurró al oído después de una larga calada.
         Luego se levantó, tambaleante, apoyándose en el hombro de Abigail para conseguirlo. Sin venir a cuento, el chico bajó a cabeza, dio un pequeño traspiés y señaló al cielo con el índice. Tras ese gesto tan extraño, introdujo ambas manos en los respectivos bolsillos de su pantalón, y como si se fuese a caer hacia delante se apoyó de nuevo en los hombros de Abi. Luego sonrió y resopló, en ese mismo orden, y caminó hacia los taxis del otro lado de la plaza.
         ¿Qué hace el loco este? se extrañó Abigail, observando como se marchaba dando tumbos.
         Abigail, aún dándole vueltas al asunto, se levantó cuidadosamente de suelo para no enredarse con la cadena de su bolso. Justo en el momento en el que se puso en pie un billete de cinco euros doblado por la mitad caía al suelo desde su hombro. Al cogerlo, y desdoblarlo, Abigail descubrió anonadada como en su interior había un número de teléfono escrito con bolígrafo rojo ocupando todo el lateral. Ella no dudó; había sido el chico quién le había dejado el billete sobre e hombro.
         La chica contempló como aquel extraño pasaba en taxi por delante suya, casi atropellándola, en dirección al Paseo Alfonso XIII. Arrojó lo que quedaba de su cigarrillo, mirándola con suspicacia a través del cristal. Ella le devolvió una extraña mirada incrédula por lo que acababa de sucederle. El coche se saltó un semáforo en rojo y continuó hasta llegar a su destino.
         Mientras tanto Abigail caminaba sola hacia su casa por las poco alumbradas y desérticas calles de Cartagena. Normalmente era incapaz de andar a ningún sitio sin escuchar música, pero aquella vez era diferente. Necesitaba analizar todo aquello, ya que aún teniendo pruebas materiales no se lo creía del todo.
         Casi automáticamente vinieron a la mente de Abigail una serie de preguntas para las que no tenía respuesta alguna, al menos no en ese momento. ¿Sería su número de teléfono? ¿Por qué había dejado él el billete? ¿Es que acaso quería él que la chica a la que acababa de conocer le llamara?
         De camino a casa sólo podía pensar en una cosa; él. En sus tristes ojos azules que le costaba tanto mantener abiertos, en su pelo castaño empapado de sudor y bebidas, en ese olor a vodka barato y tequila, pero, sobre todo, en ese halo misterioso que le envolvía. Como si esa noche, él y su recuerdo se hubiesen grabado a fuego en su memoria.
         Entonces se hizo una última pregunta a sí misma antes de entrar definitivamente en casa: ¿le volvería a ver algún día?

Capítulo 1 (Parte II ): El mundo exterior.

         –Pasa, muchacho pasa –el anciano invito a chico a entrar en su casa con la mano con la que había abierto la puerta.
         A pesar de que al principio dudó, –ya que Lucas era la primera persona con la que no había tenido que rabiar para que le dejara pasar a su casa– Ricardo entró dando una larga zancada.
         –Gracias – esbozó el muchacho de diecinueve años.
         Cuando el anciano cerró la puerta se quedó muy quieto, esperando que Ricardo reaccionara. El joven apretó los puños fuertemente y se concienció una vez más de lo que estaba a punto de suceder. Comenzó a faltarle el aire en os pulmones, ambos lo notaron. Abrió la boca, tanto que el anciano pensó que se le desencajaría la mandíbula, e inspiró de tal manera el aire, tan deprisa y tan fuertemente, que sintió como si se estuviera asfixiando. Entonces salió de su boca un sonido grave pero agudo, cortado pero intenso, como un largo gutural. Como los de los grupos de Death Core. Notó como la vista se le emborronaba progresivamente y comenzaba todo a cubrirlo una neblina de oscuridad. Lo último que vio fue al anciano tomando una bocanada de aire muy lenta con la boca apenas abierta, como la tortuga que roba su última respiración al mundo antes de ser atrapada por un águila real.
         Ricardo se impregno del olor de Lucas, ese aroma humedad y medicamentos. En aquel instante comenzaron las convulsiones, empezando por las manos y los pies que poco a poco se fueron extendiendo por todo su cuerpo. Las venas comenzaron a sobre salir de sus brazos, de sus manos, de su cuello…de todo su cuerpo. No se molestó en camuflarlas, ya que sabía que el anciano no sentía miedo alguno, podía olerlo.
         Lucas se inclinó levemente hacia Ricardo, haciendo que el muchacho sintiese su calor cerca. La expresión del anciano mezclaba una gran paz interior con el más puro alivio placentero, algo bastante inusual. Era como si ya supiera quién era Ricardo y qué había venido a hacer. El viejo asumió su terrible final antes de que Ricardo llamara al timbre de su vecina, incluso antes de saber tres días antes que el cáncer de hígado había vuelto a aparecer y se le había extendido al bazo. Y gracias a eso no gritó, aunque el dolor y el sufrimiento fueran incalculables.
         Ricardo, cuando aún se encontraba consciente, creyó escuchar un valiente
<<Gracias>> por parte del anciano.



         Más o menos media hora después Ricardo bajaba las escaleras de puntillas para no hacer ruido. Le ardían las venas, cada pulsación que hacía mover la sangre por su cuerpo le hacía mas daño que la anterior, como siempre, pero era algo a lo que él pensaba que nunca se acostumbraría del todo La boca le sabía a óxido y en la nariz llevaba todavía restos de su propia sangre. Se encendió un cigarro Pall Mall, dio una honda calada y comenzó a caminar lentamente hacia El Icue. A su derecha se encontraba la calle de su casa, la calle del Carmen, y a su izquierda la calle que le conduciría al puerto. Bueno, más bien, a los bares del puerto. Esbozó una sonrisa, a pesar del dolor; pues tenía claro a dónde dirigirse.
         Caminó a grandes zancadas hacia La Biblioteca, puesto que sabía que tanto El Cañas como El Coyote estaría saturados de gente a pesar de la hora que era. Tenía muchas ganas de tomar uno o dos chupitos de Tequila, de esos con sal y limón, porque, desde hacía bastante tiempo, lo único que le ayudaba a no pensar en lo que hacía era el alcohol. Sí, era una marca de inmadurez por su parte, pero durante esas horas conseguía dejar de pensar en ello, en esa carga más que debía llevar sobre sus hombros todo el tiempo. Algo con lo que a veces era incapaz de vivir.






         Ese mismo viernes Abigail Cerbero caminaba con dos de sus amigos por Las Puertas de Murcia, justo a la altura del viejo McDonals. Eran las tres pasadas de la madrugada y Abi debía volver a casa, pero sus amigos se negaban a dejarla irse sola puesto que vivía en el Parque de la Rosa, un trayecto de por lo menos treinta y cinco minutos a pie.
         Salían de El Cañas, donde esperaban el resto del grupo el regreso de los chicos que la acompañaban.
         –No vamos a dejar que te vayas sola –aseguro Leo, un heavy de dieciocho años, luchando por que su pelo cayera recto a ambos lados de la cara. Miro maliciosamente a Abigail con esos ojos amarillentos que tanto le gustaba a ella. <<Son como los de mi gato>> le dijo en una ocasión.
         –Y no es algo para que nos discutas, cielo –completó Luis con ese timbre de voz afeminado suyo. Abigail les sonrió de forma inocente.
         –Pero si no va a pasarme nada –afirmó cortante–. No quiero ser una carga para vosotros. Además, vivo anca Dios y cuando volváis ya será muy tarde y tendréis que recogeros –argumentó. Miró a Luis, el mas blando de los dos chicos, con ojos de perrito degollado mordiéndose ligeramente el labio inferior. Su estrategia más infalible.
         Luis se encogió de hombros.
         –¡Es que es tan preciosa cuando hace eso! –apreció poniendo la fingida voz de niño pequeño que tan bien le salía.
         –Vale, está bien. ¡Ganáis! –suspiró Leo. <<Más vale que tengáis razón los dos>> , les dijo con la mirada–. Te acompañamos hasta la Plaza Juan XXIII y allí coges un taxi.
         –Pero …
         –…nada. Cuando un chico guapo te dice que hagas una cosa tú la haces y punto– le interrumpió Luis guiñándole un ojo.
         Abigail suspiró bajando la mirada hacia el suelo, rindiéndose. Los dos chicos intercambiaron una mirada cómplice y chocaron las manos de forma silenciosa tras Abi.
         Como habían acordado, la acompañaron hasta la tienda de ropa y complementos de Skate que había frente al estanque de peces y una vez allí se despidieron con dos besos, como de costumbre.
         –Llámame cuando llegues a tu casa cariño –le grito Luis desde el otro extremo de la calle cuando ya habían comenzado a caminar de vuelta a El Cañas.
         –Sí mi señor –Abi cruzó las piernas e hizo una reverencia acompañada con el movimiento petulante de manos sin dejar de mirarles riéndose, obviamente.
         Un segundo después observaba como se marchaban a lo lejos su antiguo ligue y su mejor amigo gay. Luis y ella se conocían desde pequeños, ya que sus padres eran amigos. Al principio se llevaban como el perro y el gato por el choque de sus diferentes gustos pero luego encontraron un punto en común; los chicos. Y, a partir de ahí, comenzaron a llevarse mejor. Cuando Luis salió del armario el único apoyo moral que tubo fue el de Abigail, algo que les hizo unirse más aún, a parte de guardar dicho secreto, ya que ninguno de sus padres lo sabía.
         –¿De verdad piensan que voy a pagar un taxi? – musitó Abi para sí misma– ¡La llevan clara!
         Cruzó completamente la plaza, que tan sólo estaba ocupada por las palomas que dormían sobre las farolas y el quiosco, y a lo lejos, observó la figura de un joven que se encontraba fumando con las piernas estiradas en la carretera y la cabeza apoyada en la columna de ladrillos de enfrente de la lavandería. Movida por su curiosidad aceleró un poco el paso. Conforme más se acercaba más cuenta se daba de que nunca antes le había visto. Y que había estado bebiendo, ya que el olor a Tequila y Vodka era bestial. Se trataba de un chico moreno de unos diecisiete, analizó Abigail, con una camiseta azul celeste de manga corta.
         Cuando se puso a su altura, sin saber muy bien porque, decidió sentarse a su lado, a sabiendas de que si no hubiese bebido la idea le parecería un completo disparate. 




Capítulo 1 (Parte I ): El mundo exterior.



T
odos tenemos secretos, algo que escondemos a los demás, que llamamos nuestro. Desde el instante en el que nos levantamos y nos miramos al espejo en lo único que pensamos es en nuestras pequeñas mentiras. En esas que poco a poco crecen, se hacen más grandes, que terminamos por creer que nos hacen más fuertes. Pero, cuando todo acaba y contemplamos el mundo con los ojos que tenemos, observamos como nada es real, nada es como parece ser. Nada ni nadie.

Ese viernes noche el silencio regía las calles de Cartagena. No había ni una sola persona fuera de sus casas a las dos de la madrugada, ni un solo coche circulando por la carretera, ni un solo gato callejero paseándose por las solitarias aceras o escondiéndose bajo los coches aparcados; nada. Excepto Ricardo Torres, que se encontraba acostado en uno de los bancos de mármol de la Plaza Juan XXIII, tranquilo, contemplando las estrellas. Con la cabeza apoyada sobre su brazo, cruzado tras su nuca, observaba cómo las nubes cruzaban el cielo veloces por delante de la luna, a la vez que jugueteaba con la hebilla con forma de casete de su cinturón. Pero, por otro lado ansiaba que llegase la hora de levantarse y caminar hacia el portón que tenía enfrente.
          Miró la hora en su teléfono móvil Nokia y se incorporó de un salto del banco. Extrajo del interior de la funda de silicona del teléfono un post it verde fosforescente para comprobar de nuevo la hora escrita en él. Llevaba escribiendo con tinta roja –del mismo bolígrafo bic– en los post it la hora y la dirección al menos dos semanas, desde el último incidente, en el que se coló por error en la casa en la que no debía. A partir de entonces comenzó a tomarse las cosas algo más enserio, ya que aunque no le gustase lo que hacía era algo así como <<ley de vida>>, y tampoco quería ir a la cárcel por ello.
         Solo tres minutos, pensó, y tendré que subir, y llamar a esa puerta. A veces desearía ser yo quien recibiera esa visita.
         Con las manos algo temblorosas troceó el papel en diminutos trocitos que luego arrojó al estanque, donde supuso que los peces harían el resto o, que simplemente, se desharían con el agua antes incluso que él volviera a bajar de la casa. Pasó unos instantes contemplando como los trozos se desdoblaban con el agua, y las palabras y números escritos se emborronaban lentamente aún en la superficie del agua. Inspiró el aire muy lentamente y lo expulso en un suspiro. Una vez concienciado giró sobre sí mismo y caminó decidido hacia el otro lado de la calle, abandonando la Plaza Juan XXIII. Rodeó el banco y cruzó la carretera sin siquiera mirar hacia los lados pues  tenía muy buen oído y sabía de sobra que no iba a pasar ningún coche. Cuando paró frente al portón notó como los temblores de sus manos se contagiaban en todo su cuerpo. No era ira o frío; era temor, como todas las anteriores veces. Ricardo sabía que era normal tener miedo, o ponerse nervioso después, pero habían pasado años y debía mentalizarse de que sería igual para el resto de sus días.
         La puerta de la escalera no se encontraba abierta mas tenía por seguro que en un par de minutos lo estaría. Con el paso del tiempo había aprendido a mentir, como el resto de las personas, y a perfeccionar la técnica con la práctica. En ocasiones era capaz de conseguir que la gente hiciese lo que él quería, a pesar de estar en contra de la voluntad de dichas personas. Supongo que las clases de teatro del instituto me han valido para algo, se consolaba pensando, sin saber que en realidad esa capacidad ya desarrollada era algo que había adquirido hacía no mas de tres años.
         Al llegar al portón pulsó un botón del telefonillo al azar. El segundo derecha.
         –¿Quién es? –preguntó una anciana de voz ronca. Luego se escuchó un leve carraspeo por su parte y un perro ladrando, que también comenzó a escucharse desde la calle.
         Ricardo se aclaró la voz antes de contestarle.
         –Soy Juan, el nieto de Lucas –mintió a la misma vez que en su cara aparecía una sonrisa picarona– ¿Puede abrirme la puerta, por favor?
         –Sí. Claro, muchacho.
         Acto seguido la anciana pulsaba con sus finos y huesudos dedos el botón azul para abrirle la puerta al supuesto nieto de Lucas. Ricardo le dio las gracias y la señora colgó el telefonillo, la artritis de sus piernas la estaban matando.
         –Como quitarle el caramelo a un niño –murmuró una vez dentro del portón–. Las personas siempre creen en mi palabra, a pesar de nunca ser cierta – se dijo así mismo.
         Cerró la puerta suavemente tras él y buscó con la mirada las escaleras. Subió hasta el primer piso escalón a escalón, tal cual lo haría un niño de tres años ya que en parte no tenía prisa por llegar arriba. Una vez en el primer piso se situó frente a la puerta del primero derecha y llamó firmemente con los nudillos tres veces. Luego esperó con los brazos cruzados en el estómago sin dejar de mirar la mirilla. Tras un leve chasquido y el tintineo de una cadena la puerta comenzó a abrirse muy lentamente. Lo primero que Ricardo pudo ver del viejo fue su gran mano derecha empujando la puerta. Era de un color muy pálido, plagada de arrugas, fino vello canoso y verrugas, temblorosa, apoyada sobre el pomo dorado de la puerta. Cuando la puerta estuvo abierta al tope pudo contemplar al anciano en su totalidad. Con abundante pelo grisáceo que le tapaba las puntas de las orejas y unas cejas muy pobladas, también blanquecinas, que resaltaban aún más la pasta negra de sus gafas. Los ojos castaños, aguados y hundidos en las cuencas, le miraban fijamente a la vez que en la boca aparecía una pequeña sonrisa de alivio que le plagó el rostro afeitado de marcadas arrugas. Con la otra mano, la izquierda, sujetaba un andador verde oscuro sobre el cual apoyaba su peso.