Puede que sea divertido, se dijo a si misma, esas anécdotas son las que luego cuentas.
El chico dio otra calada a su cigarrillo como si nada.
–Muy buen suicidio caro y consentido –murmuró casi de forma involuntaria refiriéndose al tabaco.
Abi se mordió la lengua esperando una contestación por parte del chico. Él giró lentamente la cabeza para mirarla, pero sin dejar de apoyarla en la columna. Arqueó las cejas, con una sonrisilla de asombro, lo que a Abigail se le antojó una expresión algo forzada. Parecía algo asustado.
–Es un mal vicio, lo admito – se encogió de hombros. Y le acercó el cigarro a Abigail, invitándola a una calada. Ella titubeó unos segundos pero luego la aceptó, ya que cuatro de sus amigos fumaban y alguna que otra vez ella también lo había hecho.
–Yo no fumo, pero gracias por la calada –Abi hizo el esfuerzo por no carraspear cuando el humo bajo por su garganta. Le devolvió el cigarrillo al chico como si nada.
–Pues acabas de hacerlo, si mis ojos no me engañan –afirmó cogiendo el cigarro de su mano.
Ante eso ella no dijo nada de nada. Sólo permaneció callada esperando que el joven hablara.
–¿Y que te ha dado para que te sientes con un desconocido en el suelo? Si puedo preguntarlo.
–No lo se. Supongo que me ha llamado la atención. Así que dime, ¿fumas en la carretera esperando que un coche te deje sin piernas, o acaso se te han caído las llaves por la alcantarilla?
Su mirada se paseó por la acera hasta dar con una boca de alcantarilla a unos centímetros de su pierna. Luego comenzó a reírse. Abi comenzó sentirse algo incómoda con los ojos azules del chico, puestos fijamente en ella.
–Soy demasiado joven para morirme por el tabaco y demasiado fuerte como para que un coche me arranque las piernas –contestó cortante, pero con un ápice de sarcasmo–, si es eso a lo que te referías con tu pregunta– añadió sin dejar de analizarla. Clavó la uña de dedo corazón en la boquilla del cigarro y se lo llevó de nuevo a la boca–. ¿No deberías preocuparte un poco más por tu vida y menos por la existencia de los desconocidos? –me susurró al oído después de una larga calada.
Luego se levantó, tambaleante, apoyándose en el hombro de Abigail para conseguirlo. Sin venir a cuento, el chico bajó a cabeza, dio un pequeño traspiés y señaló al cielo con el índice. Tras ese gesto tan extraño, introdujo ambas manos en los respectivos bolsillos de su pantalón, y como si se fuese a caer hacia delante se apoyó de nuevo en los hombros de Abi. Luego sonrió y resopló, en ese mismo orden, y caminó hacia los taxis del otro lado de la plaza.
¿Qué hace el loco este? se extrañó Abigail, observando como se marchaba dando tumbos.
Abigail, aún dándole vueltas al asunto, se levantó cuidadosamente de suelo para no enredarse con la cadena de su bolso. Justo en el momento en el que se puso en pie un billete de cinco euros doblado por la mitad caía al suelo desde su hombro. Al cogerlo, y desdoblarlo, Abigail descubrió anonadada como en su interior había un número de teléfono escrito con bolígrafo rojo ocupando todo el lateral. Ella no dudó; había sido el chico quién le había dejado el billete sobre e hombro.
La chica contempló como aquel extraño pasaba en taxi por delante suya, casi atropellándola, en dirección al Paseo Alfonso XIII. Arrojó lo que quedaba de su cigarrillo, mirándola con suspicacia a través del cristal. Ella le devolvió una extraña mirada incrédula por lo que acababa de sucederle. El coche se saltó un semáforo en rojo y continuó hasta llegar a su destino.
Mientras tanto Abigail caminaba sola hacia su casa por las poco alumbradas y desérticas calles de Cartagena. Normalmente era incapaz de andar a ningún sitio sin escuchar música, pero aquella vez era diferente. Necesitaba analizar todo aquello, ya que aún teniendo pruebas materiales no se lo creía del todo.
Casi automáticamente vinieron a la mente de Abigail una serie de preguntas para las que no tenía respuesta alguna, al menos no en ese momento. ¿Sería su número de teléfono? ¿Por qué había dejado él el billete? ¿Es que acaso quería él que la chica a la que acababa de conocer le llamara?
De camino a casa sólo podía pensar en una cosa; él. En sus tristes ojos azules que le costaba tanto mantener abiertos, en su pelo castaño empapado de sudor y bebidas, en ese olor a vodka barato y tequila, pero, sobre todo, en ese halo misterioso que le envolvía. Como si esa noche, él y su recuerdo se hubiesen grabado a fuego en su memoria.
Entonces se hizo una última pregunta a sí misma antes de entrar definitivamente en casa: ¿le volvería a ver algún día?