sábado, 15 de octubre de 2011

Capítulo 2 (Parte II): Rituales

         Bueno, algo es algo, se tranquilizó, al menos el número existe, dijo para sus adentros cuando el móvil emitió la primera señal.
         Dos toques.
         Buuuf, ¡madre mía! ¿Qué le voy a decir?
         Cuatro toques.
         –¿Sí? –repiqueteó una voz fatigada desde el otro lado de la línea.
         Para su mala suerte, justo cuando Abigail estaba en disposición de decir palabra la voz se le atragantó en la garganta, por lo que el único sonido que fue capaz de emitir fue algo así como el que uno hace cuando se atraganta. Afortunadamente el chico lo interpretó como falta de cobertura o una mala señal por parte del teléfono.
         –Emm … Se que estás ahí oigo tu respiración. A parte de ese ruido extraño que acabo de oír –afirmó para su desgracia–. O… ¿No serás un perro, verdad? –inquirió sarcásticamente esperando que la otra persona, es decir Abigail, fuese capaz de hablarle–. Pues tu dueño debe tenerte muy bien amaestrado ¿sabes? No todos los perros son capaces de llamar por teléfono –expuso continuando con su broma.
         –No soy un perro –contestó Abi de inmediato con voz cortante– ¿Quién eres? –preguntó sin siquiera respirar. Luego se repuso expirando una fuerte bocanada de aire por la nariz.
         Esperó un par de segundos mirando por la ventana la contestación del chico. Impaciente. Nerviosa. Expectante.
         –Creo que eres tú la que llama, así que yo pregunto primero: ¿Quién eres? –le devolvió la pregunta riendo. Luego se levantó de la cama a regañadientes, ya que sabía que no conseguiría dormir más. Incluso le dio tiempo a ponerse una camiseta de manga corta verde pistacho antes de que ella contestara. Caminó haciendo eses hacia el cuarto de baño para mirarse en el espejo, aún con el móvil pegado a la oreja derecha.
         –Anoche me dieron un billete de cinco con este teléfono apuntado en una esquina –anunció de repente Abi atropellando unas palabras con otras–. En una esquina del billete– aclaró entrecerrando los ojos, interpretando el silencio del chico como una pausa para que él recordara.
         –¡Ah! Sí. Ya me acuerdo –musitó por fin llevándose la mano libre a la cabeza–. Eres la chica que se sentó a mi lado en el borde de la carretera para preguntarme por qué fumaba. O algo así, creo – confirmó aún dudoso bajando notablemente el tono de voz. Abrió el grifo con una mano. Con la otra pulsó el botón de manos libres y dejó el teléfono sobre una leja para echarse agua por la cara y despejarse un poco.
         –Sí, la misma – respondió conforme.
         –Pues quiero mis cinco euros de vuelta – objetó con voz seria–. En media hora en la plaza del rey – citó sin siquiera preguntar –el chico colgó la llamada pulsando la tecla con un dedo aún húmedo por el agua.
         – En media hora no me da tiempo a… –pero era una tontería seguir hablando por que el chico ya había colgado el teléfono–. Supongo que en media hora en la playa del rey ¿no Mao? – preguntó sarcásticamente a su gato negro, que en silencio se había acurrucado entre los cojines de la cama de Abigail. Mao. El gato dio un flojo maullido acompañado del tintineo del cascabel que colgaba de su peludo cuello. Su dueña lo interpretó como confirmación.
         Abigail se dejó caer en la cama, pensativa. Mao puso una patita sobre el muslo de su dueña y emitió un ronroneo seguido de frotar la cabeza contra el minúsculo pantalón de Abigail.
         –Ahora no, Mao. Tengo que vestirme.
         Con las ideas algo más claras la adolescente se dispuso a abrir su armario en busca de sus tejanos favoritos y alguna camiseta.


                                    


         El chico contempló su reflejo un poco más. Miró en lo que se había convertido en estos últimos años, se fijó en todo lo que había cambiado. Suspiró para sus adentros y se quitó la camiseta y luego los boxers. El tacto frío del suelo de la ducha le dio un pequeño escalofrío pero no le importó, ya que la idea que más le preocupaba en aquel momento era lo que podía pasar por la noche.
         El agua fría comenzó a caerle sobre la espalda como finas láminas de hielo. No le gustaba en absoluto ducharse con agua fría, pero era lo que más rápido iba a despejarle y dejarle pensar con claridad.
         Se anudó una toalla a la cintura y salió del cuarto de baño dejando la puerta abierta. Cogió el paquete de cigarrillos que más cerca tenía, el de la mesilla de noche, y se tumbó mojado sobre las sábanas de su cama. Con los ojos cerrados encendió un cigarro y dio la primera calada. Sabía a gloria pues para él era el primer cigarrillo del día. Y como hacía día tras día nada más levantarse se fumaba uno mirando la gente pasar por la ventana de su dormitorio. Aquella noche las pocas personas paseaban por aquella zona, y las que lo hacían caminaban solas, de forma melancólica, muy triste para ser un sábado.
         Recordó entonces, que aún tenía una tarea pendiente que debía hacer antes de irse. El chico se levantó de la cama y busco entre sus cajones una carpeta transparente donde guardaba los folios de colores. Sacó uno de color azul marino y guardó la carpeta en el cajón correspondiente. De pie, apoyado sobre su escritorio, comenzó a doblar el papel por la mitad, de extremo a extremo, para al final conseguir tener una pieza más en su colección.


                                   

         Cuarenta minutos más tarde Abigail caminaba a paso más bien lento por el principio de la Calle Mayor. Que fuera sábado y que sus amigos no la hubieran llamado para dar una vuelta no significaba que ella no tuviese ganas de salir, o al menos no del todo. Pero haber tenido que recurrir a un completo desconocido para tener la excusa de salir de casa le resultaba algo patético, aunque también atrevido. No obstante, la palabra adecuada para definir ese comportamiento tan imprudente se definía mejor como infantil, ingenuo. Quizás desesperado.

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