Las dudas que antes tenía sobre el chico seguían ahí en su cabeza revoloteando, haciendo que tuviera nuevas incógnitas. Pero a pesar de ello Abigail seguía su camino con esa seguridad en sí misma que tanto la identificaba. Y con una sonrisa de curiosidad dibujada en la cara. Lo tenía todo bajo control.
Miró la hora en el reloj de su móvil y aceleró un poco el paso. Llegaba diez minutos tarde y aún le faltaba un gran tramo de la calle para llegar a la Plaza del Rey.
No es bueno llegar tarde, inquirió, no da una buena primera impresión. Aunque por otra parte…, analizó segundos más tarde siendo sincera con ella misma, no está mal llegar un pelín tarde. Se sorprendió soltando una risilla.
–No pasa nada si tiene que esperar un poco–murmuró ahora en voz alta con tono despreocupado.
–¡Di que sí, chica! –una señora mayor que paseaba a su perro estuvo de acuerdo con ella–. Nosotras nos acostamos con ellos así que si esperan un poco no se van a morir.
La señora pegó un brusco tirón a su perro y le lanzó una mirada cómplice a Abi, quien, perpleja, aceleró aún más el paso.
Al llegar al estanco giró a su derecha y atravesó el callejón medio en obras que se abría a la plaza. De pie, buscó entre la gente a su chico. Había multitud de terrazas de bares, una heladería, oficinas, un pequeño parque donde los niños estaban jugando…y muy apartado de la gente había un chico sentado en un banco. Abigail dudo un instante, hasta que vio cómo le daba una larga calada a un cigarrillo. Era él, no había ninguna duda.
Al verla dejó caer el cigarro delante de su pie, lo apagó restregándolo contra el suelo, y se puso en pie. Miró una vez más a la chica y caminó con paso decidido hacia ella. Total, si no era ella ¿qué es lo peor que podía pasar? Analizó a Abi de pies a cabeza, muy sutilmente, para que ella no se percatase. No recordaba demasiado bien su rostro -de hecho no recordaba si quiera cómo había llegado a casa- pero algo le decía que era ella. Quizás su expresión de curiosidad o su propia ingenuidad. Pero estaba casi seguro de que era ella.
Debe ser ella, intuyó
Abigail pensó en que no lo recordaba tan alto pues el chico medía al menos una cabeza más que ella. Aunque también es verdad que en ningún momento la noche anterior se había puesto en pie al lado suya, así que no tenía nada con qué comparar.
Agigail, titubeando, sacó el billete de su bolsillo. Lo tensó varias veces y luego lo volvió a doblar dejando a la vista el número –que ya se había asegurado de dejar grabado en el teléfono antes de devolvérselo. Al menos sacando el billete evitaron hacer un saludo forzado.
–Ten, eso es tuyo –dijo sin dejar de mirarle a los ojos. El esbozó una gran sonrisa de satisfacción al familiarizarse con el billete. Lo agarró suavemente con la mano derecha y tanteó el número escrito con su otra mano. Siguiendo el surco en el papel con la yema de su dedo pulgar.
Aún se notaba el relieve que hizo cuando escribió su número de teléfono con un bolígrafo de punta dura. La verdad es que desconocía el momento exacto en que lo hizo, y menos aún por qué se lo había entregado a aquella chica. Pero en su subconsciente sabía que si el billete había llegado a las manos de ella era por algo, aunque en ese momento no supiera el motivo exacto.
–Gracias por devolverlo–agradeció sinceramente doblando el billete por la mitad– ¿Nunca te ha dicho nadie antes que no se debe quedar con desconocidos a solas por la noche? –comentó en tono burlón guardándose el billete en una cartera negra encadenada a su pantalón.
–Sí, supongo que sí, con tres años –contraatacó esta con el mismo tono–. Pero en verdad no tenía mejores cosas que hacer que quedar con un desconocido que va regalando billetes a diestro y siniestro –arqueó una ceja–. ¿Y tú no tenías nada que hacer?
–Pues … –dudó un segundo, luego volvió a hablar igual de rápido que antes– Sí, ahora que recuerdo a las dos y veinte tengo que ir a un sitio, pero tengo toda la noche libre –insinuó guiñándome un ojo.
Abi no aguantó a soltar una pequeña carcajada y bajar la mirada hacia el suelo.
–Bueno, vamos al cañas a tomarnos algo –continuó el chico hurgando de nuevo en su bolsillo izquierdo. Se escuchó el sonido de la pollera de su cartera–, que te invito con esto –afirmó asomando el billete marcado .
Abigail ya se había dado la vuelta para caminar hacia el callejón que conducía hacia el bar cuando cayó a cuenta de algo importante: ¿cuál era el nombre del chico? Recordó entonces con disimulo que en la agenda de su teléfono móvil el número de él estaba nombrado como <<chico del billete>>
Paró en secó y giró sobre sí misma. Él la imitó, extrañado.
–¿Cómo has dicho que te llamabas? –preguntó casi riendo.
–¡Creía que nunca lo ibas a preguntar! –afirmó, caminando hacia ella. En una zancada ya estaba a su altura y mirándola a los ojos dijo: Ricardo, ¿y tú?
Ella cautivada por sus profundos ojos azules, que estaban a su sola disposición, tardó en reaccionar ante la pregunta. Ricardo comenzó a impacientarse.
–¿Qué? –dijo, seguido de una serie de pestañeos rápidos que la devolvieron a la realidad– Abigail. Pero todos me llaman Abi.
Al ya saber su nombre para Abigail Ricardo ya no se trataba de un desconocido, o al menos no completamente. Así que si la veían sus amigos ya podría presentarlo diciendo que era un conocido o incluso un amigo si llegaban a conectar, ya que sabía que al menos su mejor amigo pondría mala cara si le decía que le acababa de conocer. Casi se imaginó su cara y la conversación que habrían tenido cuando la hubiera separado de los demás para soltarle un sermón.
–Es la primera vez que escucho ese nombre aquí.
–Sí, a mi madre le gustan los nombres raros –canturreó arqueando las cejas– Pero sólo pasó conmigo, mis hermanos tienen nombres comunes –afirmó estudiando el rostro enigmático de Ricardo.
–¿Cuántos hermanos tienes?
–Somos tres –respondió ella sin vacilar–. Tesa, Adrián y yo, que soy la mediana. A lo mejor conoces a mi hermano es …–hizo una pausa para contemplarle, para intentar descifrar su edad exacta. Pero no lo logró, nunca nadie lo conseguía –sí…más o menos de tu edad.
–¿Cuántos años me echas? –inquirió sonriente cruzando los brazos tras su espalda.
–Pues… unos diecisiete o dieciocho –aventuró.
–¡Casi! Si es que me conservo tan bien… –bromeó estirándose las mejillas con las palmas de las manos– Diecinueve –mintió certeramente, pues Abigail confió totalmente en su afirmación. Ricardo le sonrió a sabiendas de que en realidad tenía veintidós. Nunca jamás nadie lo había sabido, excepto su familia, claro está–. ¿Y tú?
–¿Yo? –volvió a preguntar señalándose a sí misma con el dedo índice– Algún día te lo diré.
–No, de eso nada –jugueteó como un niño–. Yo diría que tienes dieciséis –Abigail parpadeó. Luego hizo un mohín para no reírse –. ¿Diecisiete? –Ricardo examinó el rostro y los gesto de Abi, buscando algo que delatara si esa era su edad o era mayor. Ella, sin percatarse de la jugada de él, esbozó una pequeña sonrisilla torcida–. Sí –se respondió a si mismo complacido por el éxito de su <<estudio>>–, tienes diecisiete.
Abigail torció el gesto, complacida. Al menos ya había averiguado algo más de él que su nombre; era más listo de lo que parecía a simple vista. Algo que, sin saber muy bien por qué, le recordó a su hermano Adrián. ¿Dónde estaría en ese mismo momento?
–Bueno – Abigail retomó el rumbo de sus pasos hacia el bar–, vámonos al Cañas, sigo esperando esa invitación –afirmó guiñándole un ojo. Algo que Ricardo, con sorpresa, interpretó de diferente manera, lo que hizo que se quedase anclado en tierra, asombrado, pero a la ver divertido.
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