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odos tenemos secretos, algo que escondemos a los demás, que llamamos nuestro. Desde el instante en el que nos levantamos y nos miramos al espejo en lo único que pensamos es en nuestras pequeñas mentiras. En esas que poco a poco crecen, se hacen más grandes, que terminamos por creer que nos hacen más fuertes. Pero, cuando todo acaba y contemplamos el mundo con los ojos que tenemos, observamos como nada es real, nada es como parece ser. Nada ni nadie.
Ese viernes noche el silencio regía las calles de Cartagena. No había ni una sola persona fuera de sus casas a las dos de la madrugada, ni un solo coche circulando por la carretera, ni un solo gato callejero paseándose por las solitarias aceras o escondiéndose bajo los coches aparcados; nada. Excepto Ricardo Torres, que se encontraba acostado en uno de los bancos de mármol de la Plaza Juan XXIII, tranquilo, contemplando las estrellas. Con la cabeza apoyada sobre su brazo, cruzado tras su nuca, observaba cómo las nubes cruzaban el cielo veloces por delante de la luna, a la vez que jugueteaba con la hebilla con forma de casete de su cinturón. Pero, por otro lado ansiaba que llegase la hora de levantarse y caminar hacia el portón que tenía enfrente.
Miró la hora en su teléfono móvil Nokia y se incorporó de un salto del banco. Extrajo del interior de la funda de silicona del teléfono un post it verde fosforescente para comprobar de nuevo la hora escrita en él. Llevaba escribiendo con tinta roja –del mismo bolígrafo bic– en los post it la hora y la dirección al menos dos semanas, desde el último incidente, en el que se coló por error en la casa en la que no debía. A partir de entonces comenzó a tomarse las cosas algo más enserio, ya que aunque no le gustase lo que hacía era algo así como <<ley de vida>>, y tampoco quería ir a la cárcel por ello.
Solo tres minutos, pensó, y tendré que subir, y llamar a esa puerta. A veces desearía ser yo quien recibiera esa visita.
Con las manos algo temblorosas troceó el papel en diminutos trocitos que luego arrojó al estanque, donde supuso que los peces harían el resto o, que simplemente, se desharían con el agua antes incluso que él volviera a bajar de la casa. Pasó unos instantes contemplando como los trozos se desdoblaban con el agua, y las palabras y números escritos se emborronaban lentamente aún en la superficie del agua. Inspiró el aire muy lentamente y lo expulso en un suspiro. Una vez concienciado giró sobre sí mismo y caminó decidido hacia el otro lado de la calle, abandonando la Plaza Juan XXIII. Rodeó el banco y cruzó la carretera sin siquiera mirar hacia los lados pues tenía muy buen oído y sabía de sobra que no iba a pasar ningún coche. Cuando paró frente al portón notó como los temblores de sus manos se contagiaban en todo su cuerpo. No era ira o frío; era temor, como todas las anteriores veces. Ricardo sabía que era normal tener miedo, o ponerse nervioso después, pero habían pasado años y debía mentalizarse de que sería igual para el resto de sus días.
La puerta de la escalera no se encontraba abierta mas tenía por seguro que en un par de minutos lo estaría. Con el paso del tiempo había aprendido a mentir, como el resto de las personas, y a perfeccionar la técnica con la práctica. En ocasiones era capaz de conseguir que la gente hiciese lo que él quería, a pesar de estar en contra de la voluntad de dichas personas. Supongo que las clases de teatro del instituto me han valido para algo, se consolaba pensando, sin saber que en realidad esa capacidad ya desarrollada era algo que había adquirido hacía no mas de tres años.
Al llegar al portón pulsó un botón del telefonillo al azar. El segundo derecha.
–¿Quién es? –preguntó una anciana de voz ronca. Luego se escuchó un leve carraspeo por su parte y un perro ladrando, que también comenzó a escucharse desde la calle.
Ricardo se aclaró la voz antes de contestarle.
–Soy Juan, el nieto de Lucas –mintió a la misma vez que en su cara aparecía una sonrisa picarona– ¿Puede abrirme la puerta, por favor?
–Sí. Claro, muchacho.
Acto seguido la anciana pulsaba con sus finos y huesudos dedos el botón azul para abrirle la puerta al supuesto nieto de Lucas. Ricardo le dio las gracias y la señora colgó el telefonillo, la artritis de sus piernas la estaban matando.
–Como quitarle el caramelo a un niño –murmuró una vez dentro del portón–. Las personas siempre creen en mi palabra, a pesar de nunca ser cierta – se dijo así mismo.
Cerró la puerta suavemente tras él y buscó con la mirada las escaleras. Subió hasta el primer piso escalón a escalón, tal cual lo haría un niño de tres años ya que en parte no tenía prisa por llegar arriba. Una vez en el primer piso se situó frente a la puerta del primero derecha y llamó firmemente con los nudillos tres veces. Luego esperó con los brazos cruzados en el estómago sin dejar de mirar la mirilla. Tras un leve chasquido y el tintineo de una cadena la puerta comenzó a abrirse muy lentamente. Lo primero que Ricardo pudo ver del viejo fue su gran mano derecha empujando la puerta. Era de un color muy pálido, plagada de arrugas, fino vello canoso y verrugas, temblorosa, apoyada sobre el pomo dorado de la puerta. Cuando la puerta estuvo abierta al tope pudo contemplar al anciano en su totalidad. Con abundante pelo grisáceo que le tapaba las puntas de las orejas y unas cejas muy pobladas, también blanquecinas, que resaltaban aún más la pasta negra de sus gafas. Los ojos castaños, aguados y hundidos en las cuencas, le miraban fijamente a la vez que en la boca aparecía una pequeña sonrisa de alivio que le plagó el rostro afeitado de marcadas arrugas. Con la otra mano, la izquierda, sujetaba un andador verde oscuro sobre el cual apoyaba su peso.
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