domingo, 21 de agosto de 2011

Capítulo 1 (Parte II ): El mundo exterior.

         –Pasa, muchacho pasa –el anciano invito a chico a entrar en su casa con la mano con la que había abierto la puerta.
         A pesar de que al principio dudó, –ya que Lucas era la primera persona con la que no había tenido que rabiar para que le dejara pasar a su casa– Ricardo entró dando una larga zancada.
         –Gracias – esbozó el muchacho de diecinueve años.
         Cuando el anciano cerró la puerta se quedó muy quieto, esperando que Ricardo reaccionara. El joven apretó los puños fuertemente y se concienció una vez más de lo que estaba a punto de suceder. Comenzó a faltarle el aire en os pulmones, ambos lo notaron. Abrió la boca, tanto que el anciano pensó que se le desencajaría la mandíbula, e inspiró de tal manera el aire, tan deprisa y tan fuertemente, que sintió como si se estuviera asfixiando. Entonces salió de su boca un sonido grave pero agudo, cortado pero intenso, como un largo gutural. Como los de los grupos de Death Core. Notó como la vista se le emborronaba progresivamente y comenzaba todo a cubrirlo una neblina de oscuridad. Lo último que vio fue al anciano tomando una bocanada de aire muy lenta con la boca apenas abierta, como la tortuga que roba su última respiración al mundo antes de ser atrapada por un águila real.
         Ricardo se impregno del olor de Lucas, ese aroma humedad y medicamentos. En aquel instante comenzaron las convulsiones, empezando por las manos y los pies que poco a poco se fueron extendiendo por todo su cuerpo. Las venas comenzaron a sobre salir de sus brazos, de sus manos, de su cuello…de todo su cuerpo. No se molestó en camuflarlas, ya que sabía que el anciano no sentía miedo alguno, podía olerlo.
         Lucas se inclinó levemente hacia Ricardo, haciendo que el muchacho sintiese su calor cerca. La expresión del anciano mezclaba una gran paz interior con el más puro alivio placentero, algo bastante inusual. Era como si ya supiera quién era Ricardo y qué había venido a hacer. El viejo asumió su terrible final antes de que Ricardo llamara al timbre de su vecina, incluso antes de saber tres días antes que el cáncer de hígado había vuelto a aparecer y se le había extendido al bazo. Y gracias a eso no gritó, aunque el dolor y el sufrimiento fueran incalculables.
         Ricardo, cuando aún se encontraba consciente, creyó escuchar un valiente
<<Gracias>> por parte del anciano.



         Más o menos media hora después Ricardo bajaba las escaleras de puntillas para no hacer ruido. Le ardían las venas, cada pulsación que hacía mover la sangre por su cuerpo le hacía mas daño que la anterior, como siempre, pero era algo a lo que él pensaba que nunca se acostumbraría del todo La boca le sabía a óxido y en la nariz llevaba todavía restos de su propia sangre. Se encendió un cigarro Pall Mall, dio una honda calada y comenzó a caminar lentamente hacia El Icue. A su derecha se encontraba la calle de su casa, la calle del Carmen, y a su izquierda la calle que le conduciría al puerto. Bueno, más bien, a los bares del puerto. Esbozó una sonrisa, a pesar del dolor; pues tenía claro a dónde dirigirse.
         Caminó a grandes zancadas hacia La Biblioteca, puesto que sabía que tanto El Cañas como El Coyote estaría saturados de gente a pesar de la hora que era. Tenía muchas ganas de tomar uno o dos chupitos de Tequila, de esos con sal y limón, porque, desde hacía bastante tiempo, lo único que le ayudaba a no pensar en lo que hacía era el alcohol. Sí, era una marca de inmadurez por su parte, pero durante esas horas conseguía dejar de pensar en ello, en esa carga más que debía llevar sobre sus hombros todo el tiempo. Algo con lo que a veces era incapaz de vivir.






         Ese mismo viernes Abigail Cerbero caminaba con dos de sus amigos por Las Puertas de Murcia, justo a la altura del viejo McDonals. Eran las tres pasadas de la madrugada y Abi debía volver a casa, pero sus amigos se negaban a dejarla irse sola puesto que vivía en el Parque de la Rosa, un trayecto de por lo menos treinta y cinco minutos a pie.
         Salían de El Cañas, donde esperaban el resto del grupo el regreso de los chicos que la acompañaban.
         –No vamos a dejar que te vayas sola –aseguro Leo, un heavy de dieciocho años, luchando por que su pelo cayera recto a ambos lados de la cara. Miro maliciosamente a Abigail con esos ojos amarillentos que tanto le gustaba a ella. <<Son como los de mi gato>> le dijo en una ocasión.
         –Y no es algo para que nos discutas, cielo –completó Luis con ese timbre de voz afeminado suyo. Abigail les sonrió de forma inocente.
         –Pero si no va a pasarme nada –afirmó cortante–. No quiero ser una carga para vosotros. Además, vivo anca Dios y cuando volváis ya será muy tarde y tendréis que recogeros –argumentó. Miró a Luis, el mas blando de los dos chicos, con ojos de perrito degollado mordiéndose ligeramente el labio inferior. Su estrategia más infalible.
         Luis se encogió de hombros.
         –¡Es que es tan preciosa cuando hace eso! –apreció poniendo la fingida voz de niño pequeño que tan bien le salía.
         –Vale, está bien. ¡Ganáis! –suspiró Leo. <<Más vale que tengáis razón los dos>> , les dijo con la mirada–. Te acompañamos hasta la Plaza Juan XXIII y allí coges un taxi.
         –Pero …
         –…nada. Cuando un chico guapo te dice que hagas una cosa tú la haces y punto– le interrumpió Luis guiñándole un ojo.
         Abigail suspiró bajando la mirada hacia el suelo, rindiéndose. Los dos chicos intercambiaron una mirada cómplice y chocaron las manos de forma silenciosa tras Abi.
         Como habían acordado, la acompañaron hasta la tienda de ropa y complementos de Skate que había frente al estanque de peces y una vez allí se despidieron con dos besos, como de costumbre.
         –Llámame cuando llegues a tu casa cariño –le grito Luis desde el otro extremo de la calle cuando ya habían comenzado a caminar de vuelta a El Cañas.
         –Sí mi señor –Abi cruzó las piernas e hizo una reverencia acompañada con el movimiento petulante de manos sin dejar de mirarles riéndose, obviamente.
         Un segundo después observaba como se marchaban a lo lejos su antiguo ligue y su mejor amigo gay. Luis y ella se conocían desde pequeños, ya que sus padres eran amigos. Al principio se llevaban como el perro y el gato por el choque de sus diferentes gustos pero luego encontraron un punto en común; los chicos. Y, a partir de ahí, comenzaron a llevarse mejor. Cuando Luis salió del armario el único apoyo moral que tubo fue el de Abigail, algo que les hizo unirse más aún, a parte de guardar dicho secreto, ya que ninguno de sus padres lo sabía.
         –¿De verdad piensan que voy a pagar un taxi? – musitó Abi para sí misma– ¡La llevan clara!
         Cruzó completamente la plaza, que tan sólo estaba ocupada por las palomas que dormían sobre las farolas y el quiosco, y a lo lejos, observó la figura de un joven que se encontraba fumando con las piernas estiradas en la carretera y la cabeza apoyada en la columna de ladrillos de enfrente de la lavandería. Movida por su curiosidad aceleró un poco el paso. Conforme más se acercaba más cuenta se daba de que nunca antes le había visto. Y que había estado bebiendo, ya que el olor a Tequila y Vodka era bestial. Se trataba de un chico moreno de unos diecisiete, analizó Abigail, con una camiseta azul celeste de manga corta.
         Cuando se puso a su altura, sin saber muy bien porque, decidió sentarse a su lado, a sabiendas de que si no hubiese bebido la idea le parecería un completo disparate. 




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