Una de las habilidades mas increíbles que tiene el ser humano es la capacidad de mentir. Ya sea para el bien o para el mal; como beneficio o supervivencia, pero manipulamos la verdad. Es una capacidad temprana que se aprende cuando somos pequeños, y que vamos perfeccionando con el tiempo. Engañamos a nuestros padres, profesores, amigos, e incluso a nosotros mismos. Decimos que hemos dejado de fumar, que hemos perdido peso, que somos buenas personas … pero, ¿realmente lo somos? ¿Realmente somos todo lo que hacemos creer?
Amanecía un sábado lluvioso, con el sol completamente oculto tras los nubarrones. De esos en los que apetece más acurrucarte en pijama en el sofá viendo películas en la televisión escuchando la tormenta a tus espaldas, que salir a dar una vuelta por la ciudad. Y, efectivamente, ese era el plan de Abigail para todo el día, aunque por otra parte deseara que sus amigos la llamaran para quedar y dar una vuelta.
Tras comer, permaneció con el móvil encima de la tripa mientas veía desanimada Seven en la televisión, aguardando desesperada que alguien la llamara y, que con la excusa, se arreglara y saliera a la calle. Pero, como nadie lo hizo, se quedó en casa, moviéndose tan sólo para comer, e ir del baño al sofá y del sofá al baño.
Sus dos hermanos, Adrián y Ana Teresa, de dieciocho y cinco años respectivamente, se encontraban jugando en el salón, a tan solo unos metros de distancia de donde estaba Abi. Ambos jugaban a las casitas dibujando informes con ceras en folios en banco. Adrián se llevaba extrañamente bien con sus hermanas. Especialmente con Abigail, ya que podía mantener conversaciones racionales con ella –cosa que con sus padres era algo imposible– , pero por otro lado, también echaba de menos a veces jugar con su hermanita más pequeña a juegos de niños, recordando así esa infancia e inocencia ya perdida.
La pequeña Teresa alzó entre sus diminutas manos un papel pintarrajeado de colorines; un arco iris que caía a un lado de una casa de tejado rojo, brillante y reluciente, mientras el cielo estaba inundado de nubes negras. Abigail también se fijó en un monigote simbolizando a un chico, todo pintado todo de negro, erguido en el techo de la casa, mirando como la lluvia caía.
Extrañada, Abi se levantó del sofá y dirigió una mirada inculpadora a su hermano, quien se encogió de hombros.
–Ya se que el dibujo es raro. Le dije que me pintara ,y supongo que ahí estoy –explicó sonriente bailando la mirada del dibujo a su hermanita. Se volvió hacía la mesa del comedor, rebuscando entre los papeles y los colores esturreados en ella– Ha quedado bien ¿jum? –analizó Adrián– Pero hay que admitir que el mío ha quedado mejor –se atrevió a afirmar, divertido. Elevó entre sus manos, una especie de dinosaurio verdoso con cabeza de serpiente y cola de rata.
Abigail no pudo evitar soltar una carcajada al verlo.
–Oh, sí, precioso –dijo con sorna –. ¿Seguro que no lo ha dibujado ella? –ambos bajaron la mirada hacia el folio que pintarrajeaba Teresita de un extremo a otro con una cera de color verde oscuro.
–¡Vamos! ¡No seas tan extremista!
–Tesa dibuja mejor que Adri –aventuró la chiquitina, enseñando una mella que resaltaba con el blanco de sus dientes.
Abigail recordó cuando su hermanita aprendió ha hablar. Una de sus primeras palabras fue Tesa, una especie de diminutivo más fácil de decir que su propio nombre, Teresa. Así que tanto sus hermanos como sus padres pasaron a llamarla Tesa, por la gracia del momento.
–¿Quieres que te dibuje un gato, Tesa? –preguntó Abigail poniéndose en cuclillas para estar a la altura de los ojos de su hermana.
–¡Zííí! –gritó entusiasta Teresa, haciendo que el aire saliera rápidamente por su mella.
Así que los tres permanecieron allí un buen rato dibujando y riendo. A Abi no le gustaba demasiado jugar con Teresa, pero a veces la situación lo requería, aunque ese día a ella realmente le apetecía hacerlo. Agarró una cera negra he hizo un par de círculos unidos entre sí para hacer el cuerpo de un gato negro…
Ya eran casi las diez de la noche cuando se por fin se hizo a la idea de que nadie la llamaría, así que decidió llamar ella. Se levanto resignada y malhumorada del sofá, tirando un cojín a suelo, y arrastró los pies hasta su habitación, donde en algún momento que no recordaba con exactitud su madre había colocado su teléfono móvil. Sobre su escritorio descansaba el bolso que había llevado la noche anterior, abierto de par en par, con todas sus pertenencias esturreadas sobre la superficie del cristal. Un brillo de labios, un ticket, el billete de cinco euros, la cartera…
¡El billete!, gritó para sus adentros, Lo había olvidado.
Efectivamente lo había olvidado. Había gastado todo su tiempo en calentarse la cabeza pensando acerca del posible motivo que tenían los demás para no llamarla. ¿Y si en vez de llamar a sus amigos le llamaba a él? A los otros los podía ver en cualquier momento, mientras que conocer de aquella manera a un chico tan misterioso es algo que sólo ocurre una vez en la vida. Realmente era una oportunidad que no pensaba desaprovechar. Y si algo salía mal sospechaba dónde se podían encontrar sus amigos.
Una sonrisa de infantil emoción iluminó su rostro. Desbloqueó su teléfono móvil y desdobló el billete de cinco. Dubitativa, marcó el número con la yema del dedo en su pantalla táctil: <<695 19 23 13>>
Entonces una retahíla de dudas abrumaron su cabeza haciendo que se pensara dos veces eso de llamar a un desconocido. ¿Y si era una broma de mal gusto? ¿O si por el contrario dicho teléfono no existía? Si el teléfono escrito no era el de esa persona que ella esperaba ¿qué haría entonces? ¿Qué haría cuando la señal sonase y alguien contestara al otro la de la línea? ¿Se acordaría de ella? Miles de dudas y preguntas invadieron su mente mientras contemplaba el número escrito en la pantalla.
Ya era demasiado tarde, había pulsado <<llamar>> y sonaba la línea al otro lado.
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