lunes, 19 de septiembre de 2011

Capítulo 2 (Parte I): Ritual




Una de las habilidades mas increíbles que tiene el ser humano es la capacidad de mentir. Ya sea para el bien o para el mal; como beneficio o supervivencia, pero manipulamos la verdad. Es una capacidad temprana que se aprende cuando somos pequeños, y que vamos perfeccionando con el tiempo. Engañamos a nuestros padres, profesores, amigos, e incluso a nosotros mismos. Decimos que hemos dejado de fumar, que hemos perdido peso, que somos buenas personas … pero, ¿realmente lo somos? ¿Realmente somos todo lo que hacemos creer?


         Amanecía un sábado lluvioso, con el sol completamente oculto tras los nubarrones. De esos en los que apetece más acurrucarte en pijama en el sofá viendo películas en la televisión escuchando la tormenta a tus espaldas, que salir a dar una vuelta por la ciudad. Y, efectivamente, ese era el plan de Abigail para todo el día, aunque por otra parte deseara que sus amigos la llamaran para quedar y dar una vuelta.
         Tras comer, permaneció con el móvil encima de la tripa mientas veía desanimada Seven en la televisión, aguardando desesperada que alguien la llamara y, que con la excusa, se arreglara y saliera a la calle. Pero, como nadie lo hizo, se quedó en casa, moviéndose tan sólo para comer, e ir del baño al sofá y del sofá al baño.
         Sus dos hermanos, Adrián y Ana Teresa, de dieciocho y cinco años respectivamente, se encontraban jugando en el salón, a tan solo unos metros de distancia de donde estaba Abi. Ambos jugaban a las casitas dibujando informes con ceras en folios en banco. Adrián se llevaba extrañamente bien con sus hermanas. Especialmente con Abigail, ya que podía mantener conversaciones racionales con ella –cosa que con sus padres era algo imposible– , pero por otro lado, también echaba de menos a veces jugar con su hermanita más pequeña a juegos de niños, recordando así esa infancia e inocencia ya perdida.
         La pequeña Teresa alzó entre sus diminutas manos un papel pintarrajeado de colorines; un arco iris que caía a un lado de una casa de tejado rojo, brillante y reluciente, mientras el cielo estaba inundado de nubes negras. Abigail también se fijó en un monigote simbolizando a un chico, todo pintado todo de negro, erguido en el techo de la casa, mirando como la lluvia caía.
         Extrañada, Abi se levantó del sofá y dirigió una mirada inculpadora a su hermano, quien se encogió de hombros.
         –Ya se que el dibujo es raro. Le dije que me pintara ,y supongo que ahí estoy –explicó sonriente bailando la mirada del dibujo a su hermanita. Se volvió hacía la mesa del comedor, rebuscando entre los papeles y los colores esturreados en ella– Ha quedado bien ¿jum? –analizó Adrián– Pero hay que admitir que el mío ha quedado mejor –se atrevió a afirmar, divertido. Elevó entre sus manos, una especie de dinosaurio verdoso con cabeza de serpiente y cola de rata.
         Abigail no pudo evitar soltar una carcajada al verlo.
         –Oh, sí, precioso –dijo con sorna –. ¿Seguro que no lo ha dibujado ella? –ambos bajaron la mirada hacia el folio que pintarrajeaba Teresita de un extremo a otro con una cera de color verde oscuro.
         –¡Vamos! ¡No seas tan extremista!
         –Tesa dibuja mejor que Adri –aventuró la chiquitina, enseñando una mella que resaltaba con el blanco de sus dientes.
         Abigail recordó cuando su hermanita aprendió ha hablar. Una de sus primeras palabras fue Tesa, una especie de diminutivo más fácil de decir que su propio nombre, Teresa. Así que tanto sus hermanos como sus padres pasaron a llamarla Tesa, por la gracia del momento.
         –¿Quieres que te dibuje un gato, Tesa? –preguntó Abigail poniéndose en cuclillas para estar a la altura de los ojos de su hermana.
         –¡Zííí! –gritó entusiasta Teresa, haciendo que el aire saliera rápidamente por su mella.
         Así que los tres permanecieron allí un buen rato dibujando y riendo. A Abi no le gustaba demasiado jugar con Teresa, pero a veces la situación lo requería, aunque ese día a ella realmente le apetecía hacerlo. Agarró una cera negra he hizo un par de círculos unidos entre sí para hacer el cuerpo de un gato negro…



         Ya eran casi las diez de la noche cuando se por fin se hizo a la idea de que nadie la llamaría, así que decidió llamar ella. Se levanto resignada y malhumorada del sofá, tirando un cojín a suelo, y arrastró los pies hasta su habitación, donde en algún momento que no recordaba con exactitud su madre había colocado su teléfono móvil. Sobre su escritorio descansaba el bolso que había llevado la noche anterior, abierto de par en par, con todas sus pertenencias esturreadas sobre la superficie del cristal. Un brillo de labios, un ticket, el billete de cinco euros, la cartera…
         ¡El billete!, gritó para sus adentros, Lo había olvidado.
         Efectivamente lo había olvidado. Había gastado todo su tiempo en calentarse la cabeza pensando acerca del posible motivo que tenían los demás para no llamarla. ¿Y si en vez de llamar a sus amigos le llamaba a él? A los otros los podía ver en cualquier momento, mientras que conocer de aquella manera a un chico tan misterioso es algo que sólo ocurre una vez en la vida. Realmente era una oportunidad que no pensaba desaprovechar.  Y si algo salía mal sospechaba dónde se podían encontrar sus amigos.
         Una sonrisa de infantil emoción iluminó su rostro. Desbloqueó su teléfono móvil y desdobló el billete de cinco. Dubitativa, marcó el número con la yema del dedo en su pantalla táctil: <<695 19 23 13>>
                Entonces una retahíla de dudas abrumaron su cabeza haciendo que se pensara dos veces eso de llamar a un desconocido. ¿Y si era una broma de mal gusto? ¿O si por el contrario dicho teléfono no existía? Si el teléfono escrito no era el de esa persona que ella esperaba ¿qué haría entonces? ¿Qué haría cuando la señal sonase y alguien contestara al otro la de la línea? ¿Se acordaría de ella? Miles de dudas y preguntas invadieron su mente mientras contemplaba el número escrito en la pantalla.
         Ya era demasiado tarde, había pulsado <<llamar>> y sonaba la línea al otro lado.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Personajes (Toma I)

Abigail Cerbero Ros:
Edad: 17
Fecha de nacimiento: 13 / Marzo / 1994
Ocupación: 1º Bachiller biológico, Jiménez de la Espada.
Color de pelo: Castaño
Color de ojos: Verde claro
Descripción: Sus grupos favoritos son Fall out Boys y Metro Station. Adora las comedias románticas, algunas películas Triller y el terror americano. No le gustan las discotecas -ni la música que normalmente se escucha en ellas- así que la mayoría de veces que sale de noche va con sus amigos a sus bares favoritos.
Le encantan los animales en general pero sobre todo los gatos, de hecho tiene uno. Es de un gris oscuro con los ojos igual que su dueña y se llama Mao. También tuvo un conejo de orejas caídas pero murió cuando nació su hermana pequeña.

Colecciona vasos de chupito de los viajes que ella a hecho y de sus amigos.

Abi es una persona alegre, atrevida e irradia una felicidad que inevitablemente contagia a los demás. Es muy segura de sí misma y de sus acciones por lo que no le cuesta demasiado confiar en las personas que ella cree correcto. 



Adrián Cerbero Ros

Edad: 18 para 19
Fecha de nacimiento: 8 / Julio / 1993
Ocupación: 2º Bachiller de Ciencias Sociales, Jiménez de la Espada.
Color de pelo: Castaño
Color de ojos: Verde oscuro
Descripción: Él suele escuchar música Rap y algo de Rock español. Su grupo banda favorita es Duo Kie. Es muy miedoso por lo que no soporta las películas de terror. Sólo ve cine de acción y animación japonesa. Disfruta jugando con sus dos hermanas, con las que se lleva genial-tanto que jamás reconocería en algunos momentos ha llegado a reconocer a Abigail como una mejor amiga.
Es muy divertido y fiestero, pero también atrevido y es fácil ponerle de mal humor. Por ellos en ocasiones se mete en algún que otro lío. 



Ana Teresa Cerbero Ros (Tesa)
Edad: 6
Fecha de nacimiento: 29/ Septiembre / 2005
Ocupación: Estudios de primaria en Maristas
Color de pelo: Rubio
Color de ojos: Pardo
Descripción: Acude a clases de Ballet desde los 5 años. Le encanta dibujar y jugar con sus hermanos, especialmente con Adrián. Aunque su hermanita a veces la maquilla y la peina, cosa que también le gusta. 

domingo, 21 de agosto de 2011

Capítulo 1 (Parte III ): El mundo exterior.

Puede que sea divertido, se dijo a si misma, esas anécdotas son las que luego cuentas.
         El chico dio otra calada a su cigarrillo como si nada.
         –Muy buen suicidio caro y consentido –murmuró casi de forma involuntaria refiriéndose al tabaco.
         Abi se mordió la lengua esperando una contestación por parte del chico. Él giró lentamente la cabeza para mirarla, pero sin dejar de apoyarla en la columna. Arqueó las cejas, con una sonrisilla de asombro, lo que a Abigail se le antojó una expresión algo forzada. Parecía algo asustado.
         –Es un mal vicio, lo admito – se encogió de hombros. Y le acercó el cigarro a Abigail, invitándola a una calada. Ella titubeó unos segundos pero luego la aceptó, ya que cuatro de sus amigos fumaban y alguna que otra vez ella también lo había hecho.
         –Yo no fumo, pero gracias por la calada –Abi hizo el esfuerzo por no carraspear cuando el humo bajo por su garganta. Le devolvió el cigarrillo al chico como si nada.
         –Pues acabas de hacerlo, si mis ojos no me engañan –afirmó cogiendo el cigarro de su mano.
         Ante eso ella no dijo nada de nada. Sólo permaneció callada esperando que el joven hablara.
         –¿Y que te ha dado para que te sientes con un desconocido en el suelo? Si puedo preguntarlo.
         –No lo se. Supongo que me ha llamado la atención. Así que dime, ¿fumas en la carretera esperando que un coche te deje sin piernas, o acaso se te han caído las llaves por la alcantarilla?
         Su mirada se paseó por la acera hasta dar con una boca de alcantarilla a unos centímetros de su pierna. Luego comenzó a reírse. Abi comenzó sentirse algo incómoda con los ojos azules del chico, puestos fijamente en ella.
         –Soy demasiado joven para morirme por el tabaco y demasiado fuerte como para que un coche me arranque las piernas –contestó cortante, pero con un ápice de sarcasmo–, si es eso a lo que te referías con tu pregunta– añadió sin dejar de analizarla. Clavó la uña de dedo corazón en la boquilla del cigarro y se lo llevó de nuevo a la boca–. ¿No deberías preocuparte un poco más por tu vida y menos por la existencia de los desconocidos? –me susurró al oído después de una larga calada.
         Luego se levantó, tambaleante, apoyándose en el hombro de Abigail para conseguirlo. Sin venir a cuento, el chico bajó a cabeza, dio un pequeño traspiés y señaló al cielo con el índice. Tras ese gesto tan extraño, introdujo ambas manos en los respectivos bolsillos de su pantalón, y como si se fuese a caer hacia delante se apoyó de nuevo en los hombros de Abi. Luego sonrió y resopló, en ese mismo orden, y caminó hacia los taxis del otro lado de la plaza.
         ¿Qué hace el loco este? se extrañó Abigail, observando como se marchaba dando tumbos.
         Abigail, aún dándole vueltas al asunto, se levantó cuidadosamente de suelo para no enredarse con la cadena de su bolso. Justo en el momento en el que se puso en pie un billete de cinco euros doblado por la mitad caía al suelo desde su hombro. Al cogerlo, y desdoblarlo, Abigail descubrió anonadada como en su interior había un número de teléfono escrito con bolígrafo rojo ocupando todo el lateral. Ella no dudó; había sido el chico quién le había dejado el billete sobre e hombro.
         La chica contempló como aquel extraño pasaba en taxi por delante suya, casi atropellándola, en dirección al Paseo Alfonso XIII. Arrojó lo que quedaba de su cigarrillo, mirándola con suspicacia a través del cristal. Ella le devolvió una extraña mirada incrédula por lo que acababa de sucederle. El coche se saltó un semáforo en rojo y continuó hasta llegar a su destino.
         Mientras tanto Abigail caminaba sola hacia su casa por las poco alumbradas y desérticas calles de Cartagena. Normalmente era incapaz de andar a ningún sitio sin escuchar música, pero aquella vez era diferente. Necesitaba analizar todo aquello, ya que aún teniendo pruebas materiales no se lo creía del todo.
         Casi automáticamente vinieron a la mente de Abigail una serie de preguntas para las que no tenía respuesta alguna, al menos no en ese momento. ¿Sería su número de teléfono? ¿Por qué había dejado él el billete? ¿Es que acaso quería él que la chica a la que acababa de conocer le llamara?
         De camino a casa sólo podía pensar en una cosa; él. En sus tristes ojos azules que le costaba tanto mantener abiertos, en su pelo castaño empapado de sudor y bebidas, en ese olor a vodka barato y tequila, pero, sobre todo, en ese halo misterioso que le envolvía. Como si esa noche, él y su recuerdo se hubiesen grabado a fuego en su memoria.
         Entonces se hizo una última pregunta a sí misma antes de entrar definitivamente en casa: ¿le volvería a ver algún día?

Capítulo 1 (Parte II ): El mundo exterior.

         –Pasa, muchacho pasa –el anciano invito a chico a entrar en su casa con la mano con la que había abierto la puerta.
         A pesar de que al principio dudó, –ya que Lucas era la primera persona con la que no había tenido que rabiar para que le dejara pasar a su casa– Ricardo entró dando una larga zancada.
         –Gracias – esbozó el muchacho de diecinueve años.
         Cuando el anciano cerró la puerta se quedó muy quieto, esperando que Ricardo reaccionara. El joven apretó los puños fuertemente y se concienció una vez más de lo que estaba a punto de suceder. Comenzó a faltarle el aire en os pulmones, ambos lo notaron. Abrió la boca, tanto que el anciano pensó que se le desencajaría la mandíbula, e inspiró de tal manera el aire, tan deprisa y tan fuertemente, que sintió como si se estuviera asfixiando. Entonces salió de su boca un sonido grave pero agudo, cortado pero intenso, como un largo gutural. Como los de los grupos de Death Core. Notó como la vista se le emborronaba progresivamente y comenzaba todo a cubrirlo una neblina de oscuridad. Lo último que vio fue al anciano tomando una bocanada de aire muy lenta con la boca apenas abierta, como la tortuga que roba su última respiración al mundo antes de ser atrapada por un águila real.
         Ricardo se impregno del olor de Lucas, ese aroma humedad y medicamentos. En aquel instante comenzaron las convulsiones, empezando por las manos y los pies que poco a poco se fueron extendiendo por todo su cuerpo. Las venas comenzaron a sobre salir de sus brazos, de sus manos, de su cuello…de todo su cuerpo. No se molestó en camuflarlas, ya que sabía que el anciano no sentía miedo alguno, podía olerlo.
         Lucas se inclinó levemente hacia Ricardo, haciendo que el muchacho sintiese su calor cerca. La expresión del anciano mezclaba una gran paz interior con el más puro alivio placentero, algo bastante inusual. Era como si ya supiera quién era Ricardo y qué había venido a hacer. El viejo asumió su terrible final antes de que Ricardo llamara al timbre de su vecina, incluso antes de saber tres días antes que el cáncer de hígado había vuelto a aparecer y se le había extendido al bazo. Y gracias a eso no gritó, aunque el dolor y el sufrimiento fueran incalculables.
         Ricardo, cuando aún se encontraba consciente, creyó escuchar un valiente
<<Gracias>> por parte del anciano.



         Más o menos media hora después Ricardo bajaba las escaleras de puntillas para no hacer ruido. Le ardían las venas, cada pulsación que hacía mover la sangre por su cuerpo le hacía mas daño que la anterior, como siempre, pero era algo a lo que él pensaba que nunca se acostumbraría del todo La boca le sabía a óxido y en la nariz llevaba todavía restos de su propia sangre. Se encendió un cigarro Pall Mall, dio una honda calada y comenzó a caminar lentamente hacia El Icue. A su derecha se encontraba la calle de su casa, la calle del Carmen, y a su izquierda la calle que le conduciría al puerto. Bueno, más bien, a los bares del puerto. Esbozó una sonrisa, a pesar del dolor; pues tenía claro a dónde dirigirse.
         Caminó a grandes zancadas hacia La Biblioteca, puesto que sabía que tanto El Cañas como El Coyote estaría saturados de gente a pesar de la hora que era. Tenía muchas ganas de tomar uno o dos chupitos de Tequila, de esos con sal y limón, porque, desde hacía bastante tiempo, lo único que le ayudaba a no pensar en lo que hacía era el alcohol. Sí, era una marca de inmadurez por su parte, pero durante esas horas conseguía dejar de pensar en ello, en esa carga más que debía llevar sobre sus hombros todo el tiempo. Algo con lo que a veces era incapaz de vivir.






         Ese mismo viernes Abigail Cerbero caminaba con dos de sus amigos por Las Puertas de Murcia, justo a la altura del viejo McDonals. Eran las tres pasadas de la madrugada y Abi debía volver a casa, pero sus amigos se negaban a dejarla irse sola puesto que vivía en el Parque de la Rosa, un trayecto de por lo menos treinta y cinco minutos a pie.
         Salían de El Cañas, donde esperaban el resto del grupo el regreso de los chicos que la acompañaban.
         –No vamos a dejar que te vayas sola –aseguro Leo, un heavy de dieciocho años, luchando por que su pelo cayera recto a ambos lados de la cara. Miro maliciosamente a Abigail con esos ojos amarillentos que tanto le gustaba a ella. <<Son como los de mi gato>> le dijo en una ocasión.
         –Y no es algo para que nos discutas, cielo –completó Luis con ese timbre de voz afeminado suyo. Abigail les sonrió de forma inocente.
         –Pero si no va a pasarme nada –afirmó cortante–. No quiero ser una carga para vosotros. Además, vivo anca Dios y cuando volváis ya será muy tarde y tendréis que recogeros –argumentó. Miró a Luis, el mas blando de los dos chicos, con ojos de perrito degollado mordiéndose ligeramente el labio inferior. Su estrategia más infalible.
         Luis se encogió de hombros.
         –¡Es que es tan preciosa cuando hace eso! –apreció poniendo la fingida voz de niño pequeño que tan bien le salía.
         –Vale, está bien. ¡Ganáis! –suspiró Leo. <<Más vale que tengáis razón los dos>> , les dijo con la mirada–. Te acompañamos hasta la Plaza Juan XXIII y allí coges un taxi.
         –Pero …
         –…nada. Cuando un chico guapo te dice que hagas una cosa tú la haces y punto– le interrumpió Luis guiñándole un ojo.
         Abigail suspiró bajando la mirada hacia el suelo, rindiéndose. Los dos chicos intercambiaron una mirada cómplice y chocaron las manos de forma silenciosa tras Abi.
         Como habían acordado, la acompañaron hasta la tienda de ropa y complementos de Skate que había frente al estanque de peces y una vez allí se despidieron con dos besos, como de costumbre.
         –Llámame cuando llegues a tu casa cariño –le grito Luis desde el otro extremo de la calle cuando ya habían comenzado a caminar de vuelta a El Cañas.
         –Sí mi señor –Abi cruzó las piernas e hizo una reverencia acompañada con el movimiento petulante de manos sin dejar de mirarles riéndose, obviamente.
         Un segundo después observaba como se marchaban a lo lejos su antiguo ligue y su mejor amigo gay. Luis y ella se conocían desde pequeños, ya que sus padres eran amigos. Al principio se llevaban como el perro y el gato por el choque de sus diferentes gustos pero luego encontraron un punto en común; los chicos. Y, a partir de ahí, comenzaron a llevarse mejor. Cuando Luis salió del armario el único apoyo moral que tubo fue el de Abigail, algo que les hizo unirse más aún, a parte de guardar dicho secreto, ya que ninguno de sus padres lo sabía.
         –¿De verdad piensan que voy a pagar un taxi? – musitó Abi para sí misma– ¡La llevan clara!
         Cruzó completamente la plaza, que tan sólo estaba ocupada por las palomas que dormían sobre las farolas y el quiosco, y a lo lejos, observó la figura de un joven que se encontraba fumando con las piernas estiradas en la carretera y la cabeza apoyada en la columna de ladrillos de enfrente de la lavandería. Movida por su curiosidad aceleró un poco el paso. Conforme más se acercaba más cuenta se daba de que nunca antes le había visto. Y que había estado bebiendo, ya que el olor a Tequila y Vodka era bestial. Se trataba de un chico moreno de unos diecisiete, analizó Abigail, con una camiseta azul celeste de manga corta.
         Cuando se puso a su altura, sin saber muy bien porque, decidió sentarse a su lado, a sabiendas de que si no hubiese bebido la idea le parecería un completo disparate. 




Capítulo 1 (Parte I ): El mundo exterior.



T
odos tenemos secretos, algo que escondemos a los demás, que llamamos nuestro. Desde el instante en el que nos levantamos y nos miramos al espejo en lo único que pensamos es en nuestras pequeñas mentiras. En esas que poco a poco crecen, se hacen más grandes, que terminamos por creer que nos hacen más fuertes. Pero, cuando todo acaba y contemplamos el mundo con los ojos que tenemos, observamos como nada es real, nada es como parece ser. Nada ni nadie.

Ese viernes noche el silencio regía las calles de Cartagena. No había ni una sola persona fuera de sus casas a las dos de la madrugada, ni un solo coche circulando por la carretera, ni un solo gato callejero paseándose por las solitarias aceras o escondiéndose bajo los coches aparcados; nada. Excepto Ricardo Torres, que se encontraba acostado en uno de los bancos de mármol de la Plaza Juan XXIII, tranquilo, contemplando las estrellas. Con la cabeza apoyada sobre su brazo, cruzado tras su nuca, observaba cómo las nubes cruzaban el cielo veloces por delante de la luna, a la vez que jugueteaba con la hebilla con forma de casete de su cinturón. Pero, por otro lado ansiaba que llegase la hora de levantarse y caminar hacia el portón que tenía enfrente.
          Miró la hora en su teléfono móvil Nokia y se incorporó de un salto del banco. Extrajo del interior de la funda de silicona del teléfono un post it verde fosforescente para comprobar de nuevo la hora escrita en él. Llevaba escribiendo con tinta roja –del mismo bolígrafo bic– en los post it la hora y la dirección al menos dos semanas, desde el último incidente, en el que se coló por error en la casa en la que no debía. A partir de entonces comenzó a tomarse las cosas algo más enserio, ya que aunque no le gustase lo que hacía era algo así como <<ley de vida>>, y tampoco quería ir a la cárcel por ello.
         Solo tres minutos, pensó, y tendré que subir, y llamar a esa puerta. A veces desearía ser yo quien recibiera esa visita.
         Con las manos algo temblorosas troceó el papel en diminutos trocitos que luego arrojó al estanque, donde supuso que los peces harían el resto o, que simplemente, se desharían con el agua antes incluso que él volviera a bajar de la casa. Pasó unos instantes contemplando como los trozos se desdoblaban con el agua, y las palabras y números escritos se emborronaban lentamente aún en la superficie del agua. Inspiró el aire muy lentamente y lo expulso en un suspiro. Una vez concienciado giró sobre sí mismo y caminó decidido hacia el otro lado de la calle, abandonando la Plaza Juan XXIII. Rodeó el banco y cruzó la carretera sin siquiera mirar hacia los lados pues  tenía muy buen oído y sabía de sobra que no iba a pasar ningún coche. Cuando paró frente al portón notó como los temblores de sus manos se contagiaban en todo su cuerpo. No era ira o frío; era temor, como todas las anteriores veces. Ricardo sabía que era normal tener miedo, o ponerse nervioso después, pero habían pasado años y debía mentalizarse de que sería igual para el resto de sus días.
         La puerta de la escalera no se encontraba abierta mas tenía por seguro que en un par de minutos lo estaría. Con el paso del tiempo había aprendido a mentir, como el resto de las personas, y a perfeccionar la técnica con la práctica. En ocasiones era capaz de conseguir que la gente hiciese lo que él quería, a pesar de estar en contra de la voluntad de dichas personas. Supongo que las clases de teatro del instituto me han valido para algo, se consolaba pensando, sin saber que en realidad esa capacidad ya desarrollada era algo que había adquirido hacía no mas de tres años.
         Al llegar al portón pulsó un botón del telefonillo al azar. El segundo derecha.
         –¿Quién es? –preguntó una anciana de voz ronca. Luego se escuchó un leve carraspeo por su parte y un perro ladrando, que también comenzó a escucharse desde la calle.
         Ricardo se aclaró la voz antes de contestarle.
         –Soy Juan, el nieto de Lucas –mintió a la misma vez que en su cara aparecía una sonrisa picarona– ¿Puede abrirme la puerta, por favor?
         –Sí. Claro, muchacho.
         Acto seguido la anciana pulsaba con sus finos y huesudos dedos el botón azul para abrirle la puerta al supuesto nieto de Lucas. Ricardo le dio las gracias y la señora colgó el telefonillo, la artritis de sus piernas la estaban matando.
         –Como quitarle el caramelo a un niño –murmuró una vez dentro del portón–. Las personas siempre creen en mi palabra, a pesar de nunca ser cierta – se dijo así mismo.
         Cerró la puerta suavemente tras él y buscó con la mirada las escaleras. Subió hasta el primer piso escalón a escalón, tal cual lo haría un niño de tres años ya que en parte no tenía prisa por llegar arriba. Una vez en el primer piso se situó frente a la puerta del primero derecha y llamó firmemente con los nudillos tres veces. Luego esperó con los brazos cruzados en el estómago sin dejar de mirar la mirilla. Tras un leve chasquido y el tintineo de una cadena la puerta comenzó a abrirse muy lentamente. Lo primero que Ricardo pudo ver del viejo fue su gran mano derecha empujando la puerta. Era de un color muy pálido, plagada de arrugas, fino vello canoso y verrugas, temblorosa, apoyada sobre el pomo dorado de la puerta. Cuando la puerta estuvo abierta al tope pudo contemplar al anciano en su totalidad. Con abundante pelo grisáceo que le tapaba las puntas de las orejas y unas cejas muy pobladas, también blanquecinas, que resaltaban aún más la pasta negra de sus gafas. Los ojos castaños, aguados y hundidos en las cuencas, le miraban fijamente a la vez que en la boca aparecía una pequeña sonrisa de alivio que le plagó el rostro afeitado de marcadas arrugas. Con la otra mano, la izquierda, sujetaba un andador verde oscuro sobre el cual apoyaba su peso. 



lunes, 30 de mayo de 2011

(Prefacio)


En un sórdido mundo con una sociedad corrompida y movida por el dinero, donde los días de las personas se cuentan con los dedos de una mano, ¿pagarías el precio por engañar a la propia Muerte? ¿Por, incluso, convertirte en ella para siempre? ¿Venderías tu propia alma por ver cómo todos sucumben a tu alrededor mientras tú te alimenta de sus sueños, sus pensamientos, de sus propias vidas? ¿Permanecerías vivo durante siglos aunque significase perderlo todo?
Quizás sea una elección facil, o dificil, pero después desearás estar muerto.


©